Dar vida al Centauro Vasco de Oteiza: un viaje entre escultura, danza y el poder de la unidad.
Transformar una obra tan emblemática como el Centauro Vasco de Oteiza en movimiento es un desafío único y un honor profundo. La escultura, tan rotunda en su forma, se libera a través del lenguaje del cuerpo, y en este caso, a través de la fuerza de dos bailarinas.
El centauro, que surge de la esencia de la tierra vasca, encuentra en la danza su nuevo respiro. Cada giro, cada gesto, no solo reinterpreta la rigidez de la piedra, sino que revela su alma. En este trabajo conjunto, las bailarinas no solo se convierten en intérpretes de la obra, sino en su extensión viva. Dos cuerpos que se fusionan, como dos fuerzas que dialogan y se complementan, creando un puente entre lo estático y lo fluido.
El vestuario de una sola pieza, que abraza y envuelve a ambas bailarinas, es clave en este proceso: su simplicidad y fuerza visual dan el poder final a la escultura, unificando cuerpo, espacio y forma. La pieza se convierte en un símbolo de unión, como el propio concepto del centauro: mitad humano, mitad animal, mitad piedra, mitad danza.
La técnica, la estética y el movimiento se entrelazan en un solo lenguaje, donde cada paso no solo revive la escultura, sino que le da nueva vida, convirtiéndola en una experiencia sensorial. Al final, la escultura ya no es solo una figura inmóvil: se convierte en una creación viviente.
Bailarinas:
@idoiarodriguez @amaiamar
Vestuario:
@ndugu.insta
📷
@blancaclarita
Mila esker beti:
@oteizamuseoa
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