Detenerme. Reconsiderar la verdadera esencia del cambio. Quizás no se trata de avanzar rápido, sino de detenerme lo suficiente. Atesorar. Navegar las aguas de la memoria, de mi historia, de lo vivido y lo heredado. Reconocer lo que ha cambiado, evidenciar lo que permanece intacto. Reconocer que lo que llevo sobre mi piel refleja lo que llevo dentro. Un encuentro hacia adentro. Observo. Silencio y agradecimiento por lo que ya es, lo que ya existe.
Un diálogo silencioso entre lo interno y lo externo, entre lo visible y lo invisible. Mi piel toca memorias, vivencias, aprendizajes que se han ido cosiendo en mí. Recuerdo y testimonio. Todo lo que he sido y todo lo que soy está en esos pliegues. Atesorar no como acto de acumular, sino como forma de reverencia. Presencia en lo que ya está aquí, donde ocurre la transformación. No necesito. Necesito menos, pero con más significado. Necesito honrar lo que ha perdurado. Allí reside mi verdad, mi historia y mi resiliencia.
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