SESC Galeria - Primer Premio
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Llegué a São Paulo en febrero de 2011, con una beca para estudiar seis meses en la FAU. No hablaba una palabra de portugués ni conocía a nadie que viviera en esa metrópolis, que imaginaba inhóspita e insondable. Hasta hoy no logro descifrar del todo por qué elegí ese destino, aunque ya en ese entonces la figura de PMR despertaba en mí una admiración profunda.
Tal vez haya tenido que ver con una imagen de la infancia: mis viejos, en los años ochenta, dejándome solo por primera vez para viajar de Córdoba a São Paulo en una Ford 250 hecha pelota, a encontrarse personalmente con unos clientes que no les contestaban los llamados telefónicos. O tal vez con unas vacaciones a mediados de los noventa, cuando pasamos por la Marginal Tietê camino a Ilhabela, y el skyline de Sampa se me insinuó tenebroso, pero también enigmático.
Pero lo que no dudo es que algo de esa elección tuvo que ver con el amor a unos pocos edificios que marcaron mi paso por la facultad, y que, hacia el final de la carrera, usaba como machete en casi todo lo que me tocaba proyectar. Todos llevaban por nombre una sigla: MuBE, MASP, FAUUSP, SESC.
Tal vez llegué a Sampa solo para aprender de esos verdaderos templos paganos algo que ni las fotos ni los libros logran transmitir. MuBE, MASP, FAUUSP, SESC. Palabras que repetimos como mantras, o como talismanes, cuando la hoja en blanco de algún proyecto nos acecha.
Hoy, quince años después, un concurso me aproxima nuevamente a esa genealogía de edificaciones que, de tanto nombrar, se me hicieron cuerpo.
Esta vez no solo, sino junto con amigos y maestros que transformaron esa metrópolis infinita en una ciudad habitada por afectos y por gente que admiro.
Trabajando un poco acá, un poco allá; siempre en la intemperie, siempre en el borde de las palabras mal dichas, siempre entre fronteras. Nunca en casa. Pero acompañado de un equipo incansable en Córdoba, y otro que quiero como a una familia en São Paulo.
La historia es frágil y contradictoria. Es arbitraria en sus formas e imprevisible en sus desenlaces. No sé cómo habrá de terminar, pero sí sé que, hasta ahora, ha sido ardua pero divertida.