Cinco ojos de águila sobre la nueva imagen de Bavaria
Las marcas no son solo signos gráficos: también son depósitos de memoria cultural. Cuando una identidad con más de un siglo de historia cambia, la pregunta no es únicamente si el diseño funciona, sino qué se gana y qué se pierde en el proceso. A propósito del reciente rediseño de Bavaria, invitamos a cinco diseñadores colombianos especializados en marca y tipografía a examinar la nueva imagen. Sus respuestas revelan tensiones que hoy atraviesan al diseño de identidad en todo el mundo. Participan: Óscar Guerrero (@sumotype ), @juancarlosotoya (@smartbrands.co ), @c.puertas (@typograma_ ), Arutza Rico (@arutza_ ) y @carlosjroldan (@noblanco ).
«Es una imagen claramente moderna: responde a códigos globales, es legible, flexible y funciona muy bien en digital. Pero se siente más diseñada desde la eficiencia que desde el carácter. No es una marca especialmente bella en el sentido de memorable o con una poética visual propia: cumple, pero no conmueve. En una marca tan simbólica, se extraña un poco más de identidad y relato». (Arutza).
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Urs Schmid: el taller como archivo vivo
(Bogotá, 6 de febrero de 1949 — Bogotá, 7 de febrero de 2026)
Urs Schmid murió en Bogotá justo después de cumplir 77 años. En El Taller de Urs, en La Gaitana de Suba, queda algo parecido a un mapa de su vida: marcas hechas a mano, objetos en madera y hierro, experimentos con reciclaje y piezas guardadas por décadas. Pero sobre todo, su dedicación a cuidar y contar la obra de su padre, el arquitecto suizo Victor Schmid.
La llegada de Victor a Colombia tuvo algo de azar histórico: en 1939 el barco en el que viajaba entró por Buenaventura y, en medio de la Segunda Guerra Mundial, terminó retenido durante años en Colón, Panamá. En ese tránsito hacia el altiplano descubrió materiales y formas —la tapia pisada y los techos de paja que luego aparecerían en su arquitectura.
A mediados de los años sesenta la familia salió del país por seguridad; vivieron un tiempo en Estados Unidos y luego en Suiza. Allí Urs estudió diseño integral en la Kunstgewerbeschule Zürich, en el entorno de la Escuela Suiza de diseño, con profesores como Josef Müller-Brockmann y Walter Diethelm.
En 1974 vino a visitar a su padre y un cliente le encargó más de catorce logotipos pagados de contado. Esa experiencia lo convenció de volver definitivamente en 1976. Con el tiempo su portafolio reunió identidades muy visibles: SAM, Bima, Series, Europan y Britannia, además de empaques como los chocolates de Italo Colombiana y el Junior Set de témperas de Pelikan.
José Fernando Machado recuerda:
«Conocí a Urs en 1988 cuando me inscribí en un curso de la Universidad Javeriana sobre diseño de empaques, dictado por él. Lo disfruté, aprendí mucho, nos hicimos amigos y muy pronto abrimos una oficina en Bogotá para trabajar conjuntamente. De esta manera, Urs fue mi primer socio».
En alguna entrevista Urs comentó:
«Yo sé que me muero feliz de todo lo que pude hacer y dejo una historia muy grande. Lamentablemente, en Colombia a uno lo entierran con su obra».
Fotografía: @jose_f_machado
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El jaguar en el umbral
El felino se presenta con cabeza baja, la pelvis elevada, mirada furtiva, la extremidad delantera derecha proyectada hacia adelante, justo más allá del hocico, con una respiración intensa pero contenida. Avanza en posición de acecho, listo para impulsarse. Viste un traje ceremonial en tonos de verdes, naranjas y algún destello rojizo. Su vestido está conformado por píxeles de selva: hojas de palmas y arazás, semillas, flores, insectos, resplandores de atardecer, petroglifos y plumas. El taita en trance de yagé convertido en fiera verdadera: yaguar, chamán transfigurado. El suelo es una mesa recubierta con un damasco. Detrás, al fondo y flanqueando una puerta con cristales, el rastro de su movimiento deja un juego ordenado de colores: el del maíz, el marino y el sanguinolento. Al frente, una tela de barrotes rojos cae como un segundo marco, tensando la escena y abriéndole paso al animal, suspendido justo en el umbral.
Las uñas desprenden sutilmente algún hilo del decorado del jacquard. Los ojos amarillos delatan la bilirrubina o tal vez el exceso de dorados ornamentales del salón ya le anuncia un nuevo hogar al rey de El Dorado.
Petro se encontró con Trump en La Casa Blanca en Washington. Entre los regalos que llevó el presidente colombiano a su contraparte norteamericana había un objeto inesperado: un jaguar, símbolo mítico de América, desde el sur de Estados Unidos hasta el norte de Argentina. Una pieza trabajada durante más de dos meses por el artesano de Sibundoy, Putumayo, Marcelino Chasoy, fabricada en madera y enchapada en chaquiras de manera magistral. En el sur de Colombia, Amazonas y Nariño tienen una larga tradición en el tallado de madera y en la representación de animales sagrados, así como de muecas de hombres y mujeres que exorcizan sus dolores y disimulan sus alegrías. El encuentro se da en un lugar donde los medios han mostrado recientemente el desfile de trofeos entre marcos y cortinas rubias. [Continúa en los comentarios]
Mito de la tecnología
Nuestra ilusión habita las estrellas.
La vida se construye sobre piso irregular: la razón.
Las semillas puestas bajo tierra no resisten la atracción del sol.
Los algoritmos leen el suelo como espejo del firmamento.
El azar es el recoveco de precipicios, unos visibles otros ocultos, que habita el subsuelo.
A medida que la inteligencia artificial descifra una capa más de la superficie, ésta se hace cada vez más delgada.
IvánCo,
El chamán, el brujo, el sacerdote
La palabra «brujería» carga siglos de sospecha. Se usó para señalar con miedo o desprecio todo lo que no encajaba en la religión o en las ideas «oficiales», esas que dictaban lo que debía creerse, decirse y sentirse. «Brujos» o «brujas» se llamaba —se llama aún (!)— a quienes guardaban saberes antiguos, naturales o espirituales, distintos a los permitidos por las autoridades de su tiempo. Sin embargo, muchas de esas prácticas eran gestos de cuidado: curar con plantas, proteger el alma, mantener el diálogo con la naturaleza. En el fondo, un chamán, un brujo y un sacerdote buscan lo mismo: tender un puente entre lo visible y lo invisible. Pero la historia separó esas figuras y las jerarquizó, relegando lo indígena y lo popular, exaltando lo institucional.
En 1975, el Congreso Mundial de Brujería celebrado en Bogotá —una idea que solo podía nacer de una mente como la de Simón González, hijo de nuestro filósofo paisa Fernando González Ochoa— invitaba a mirar las diferencias «a la sombra de lo diferente, con amor y asombro». El uso de la palabra «brujería» en el nombre del evento, dentro de un contexto social conservador, fue una forma de provocación que, gracias a la variedad de connotaciones del término, terminó generando un fuerte efecto publicitario.
Hoy, cincuenta años después, un nuevo congreso conmemorativo retoma ese espíritu, y vuelven algunas voces que, por miedo o por prejuicio, prefieren rechazar «lo diferente» y se ha armado el escándalo. Bastaría asomarse al programa del evento para ver que se trata de un encuentro sobre la diversidad cultural, un tejido de expresiones y saberes «alternativos». ¿O acaso alguien podría llamar «brujas» a las cantaoras de alabaos del Pacífico?
Encuentros como este son un recordatorio de lo que nos hace humanos: la diferencia, la mezcla, la curiosidad. Son espacios que ensanchan la mirada y nos devuelven el gusto por lo plural. Porque cuando la cultura pierde diversidad, se apaga el color, se adormecen los sabores, se diluyen los sonidos. Y un mundo sin matices —plano, repetido, uniforme— no conmueve, no asombra, no canta.
Afiche ilustrado por Alejandro Obregón.