La invitación fue hace apenas dos meses. Ni bien llegó el llamado de
@schneiderelectric_lam , les dije que no sabía. Que tenía que hacer dos cosas: hablar con
@prof_pablo_s y conmigo mismo: ¿podré hacer algo así? Siempre que corría y alguna vez surgía la posibildad de una maratón decía que no. Que muy lindo correr, que en rigor tanto no me gusta, que lo elijo porque me gusta cumplir objetivos, ¿pero 42,195 kilómetros? Ni loco. Ya bastante con una media, que también es un montón. Pero Pablo me dijo que lo hiciera, que era posible si entrenaba 4,5 veces por semana, mi familia me prohibió rechazarlo (flaco, es en París, de última caminás) y mis amigos me dijeron que era una locura que tenía que hacer. Y así fue: ahí fui. Con unos nervios de locos. Pero con la compañía más hermosa, la de
@brenbacman , con la que metimos un viaje inolvidable. Dormimos cerquita de la Torre, recorrimos juntos algunos barrios que nos habíamos perdido hace 17 años, y fue mi sostén principal para la carrera. Tanto antes con “dale, andá ahora a correr que sino después va a ser más difícil” como durante. Ese encuentro en el kilómetro 26, cerquita de Notre Damme, un electrolito hermoso. Y una carrera que disfruté de principio al 35 (ja!) y que volví a hacerlo a partir del 39. Miles de parisinos en las calles alentando. Carteles que me hicieron reir: “Pain is just French Bread” y otro que decía “vuelan más rápido que la inflación”. Sí. En el medio cientos de bandas sonoras, desde un havanaguila inexplicable, hasta un kilómetro al borde del Sena en un túnel con parlantes cada 30 metros. Al mango. Escuché todos los tipos de música posibles. Hasta La Bamba que se metió en el kilómetro 39 y me emocioné porque es la canción que canta mi hijo más grande con sus amigos. Pasé por todos lugares emblemáticos: Champs Elysses, Plaza de la Concordia, el Louvre, la bellísima Rue de Rivoli, la Ópera Garnier y las hermosas Lafayette, la plaza de la Bastilla (Libertad, Igualdad, Franternidad), el eterno bosque de Vincennes, para luego “volver” por Notre Damme, los túneles interminables con subidas y bajadas, la Torre Eiffel, la zona del court de Roland Garros (que honestamente no vi; ya no percibía el entorno)