Estaba en un templo de Taketa, en la isla de Kyushu en Japón. Un lugar sencillo, sin nada que llamara especialmente la atención.
En un rincón, una mujer estaba sentada en el suelo quitando hierbas con las manos. No utilizaba ninguna herramienta, no buscaba avanzar más rápido. Iba una a una, tirando con cuidado hasta sacar la raíz. Sin prisa. Sin interrupciones.
Durante unos minutos me quedé observando. Había algo en su manera de estar allí que resultaba difícil de explicar: una atención completa, una calma real, como si ese gesto pequeño tuviera sentido por sí mismo.
Pensé en lo lejos que estamos muchas veces de eso. En cómo llenamos todo de velocidad, de automatismos, de soluciones que nos ahorran tiempo. Y, sin embargo, en ese intento constante por ir más rápido, a veces dejamos fuera algo importante: la experiencia del acto.
Aquella escena tan simple me hizo pensar en que no todo lo que se puede optimizar debería hacerse sin más. Hay procesos que, al hacerlos con las manos, con tiempo y con atención, nos devuelven algo que no se puede automatizar, porque hay cosas que, si dejamos de hacerlas nosotros, también dejan de enseñarnos.
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