Dejar que el monte te atraviese.
Que el valle haga lugar.
Que el espacio, de tan abierto, te enseñe a dar espacio
y a darte espacio.
Acá todo se expande.
Las distancias, los sonidos, el tiempo.
Lo que está lejos insiste.
Llega igual.
Y en esa apertura, algo se aclara.
Como si la neblina —esa de la ciudad, del ruido, de lo urgente—
se disipara un poco.
Y lo que siempre estuvo
se viera mejor.
A veces, igual, hay algo que inquieta.
Un ruido que no se entiende.
Un crujido.
La sensación de no saber del todo.
Y también eso encuentra lugar.
Porque acá, incluso lo desconocido,
no empuja:
se queda.
Los vínculos,
las construcciones,
una misma.
Todo como una obra en proceso,
algo que no termina de cerrarse nunca.
Que necesita espacio para escucharse,
para observarse,
para entenderse en una escala que no controla.
Porque al final, somos eso:
un paso.
Un paso breve en algo mucho más grande,
más antiguo,
más vasto que cualquier forma que podamos darle.
Y hay algo profundamente tranquilo en aceptar eso.
Mirar alrededor
y saber que no hace falta ocuparlo todo.
Que no hace falta entenderlo todo.
Que alcanza con estar.
Con mirar.
Con dejarse atravesar.
A veces entrecierro los ojos
para no perderme en el horizonte.
Y pienso si el monte me escucha
como yo lo escucho a él.
Si también me percibe.
Si también soy parte de ese paisaje que respira.
Entonces algo se corre.
Y por un momento,
no estoy en el mundo.
Soy apenas un movimiento dentro de él.