22/02/2011
Es martes. Son las dos o tres de la tarde. Mi primo viene a recogernos al colegio a mis hermanas y a mí. El recorrido es el mismo de siempre: derecho hacia la autopista, por toda la 167. Cruzamos una pequeña cuadra comercial.
Veo a mi mejor amigo. Está emocionado porque una vecina le trajo un perro de Boyacá. Dice que lo rescató de un río y ahora no sabe qué hacer. Lo lleva alzado y nos lo muestra. Es pequeño; no debe tener más de veinte días. Lo acompañamos hasta la peluquería de su madre, sin saber muy bien por qué.
La madre de mi amigo es directa. Dice que no se quedarán con el perro. Él se lo reprocha varias veces. Ella no cede. En broma, nos lo ofrece. No lo pensamos dos veces y aceptamos el trato. Mi amigo está de acuerdo: al menos así, estará cerca de él. Mi hermana mayor lo carga. No sabemos muy bien qué hacer.
Mi madre camina por la misma cuadra; nos la topamos. Empiezan las súplicas. Queremos al perro. Ella enumera, una por una, las razones por las que no podemos tenerlo. Aun así, insistimos. Después de un rato, lo logramos. El perro es nuestro.
Llegamos al apartamento, un segundo piso. Ya son las cinco de la tarde. Mi primo todavía nos acompaña. Se estira en el sofá y el perro se acomoda en su cuello. Mis hermanas dicen que se llame Tommy. Yo digo que no, que ese es el nombre del gato de mi tía. Pienso un poco. Recuerdo a un amigo de mi anterior colegio: tiene un schnauzer llamado Zeus. Propongo el nombre. A ellas no les gusta, les parece demasiado común, pero no se oponen.
Son las seis de la tarde. Mi primo se va.
En el apartamento estamos mis hermanas, Zeus y yo.
Gracias por ser mi héroe.
Te amo infinitamente.
S.