Qué placer y honor leer en un lugar que es una casita para muchxs artistas y con tremenda banda que me ayudó palabra por palabra a volver corpóreos mis poemas y convertirlos en danza 🥀💌
Las fotitos preciosas de @flordebarro_art
Hay palabras que se vuelven pesadas
palabras que anudan gargantas
incapaces de deshacerse en la lengua,
aferradas al paladar
queriendo permanecer en la boca
siempre al borde de ser nombradas.
Hay palabras que se sienten en el cuerpo
palabras que tocan el nudo
y nos desarman,
palabras que nos dan una carcaza.
Hay palabras filosas
que se clavan como puñales.
Hay palabras susurradas
humedecidas con el aliento
de las bocas que se acercan para escucharse
como si la única forma de pronunciarlas
fuera besándolas.
Abusé de las palabras,
traté de nombrarlo todo.
Pero también abusé del silencio,
quise desnudarme de la lengua
con la ingenua creencia
de que se trataba de un inventario de etiquetas.
Por mucho tiempo
creí hablar una lengua extranjera.
Memorizaba las palabras
sin entender su sentido,
castigaba cada error
sin ningún tipo de consideración,
buscando difundirme en un mundo ajeno.
Y yo enhebraba las palabras
de sintaxis complicada,
maltrecha
con la poesía trastabillando
siempre en el labio
siempre agujereando el mundo opaco.
Con la poesía
que parecía volver tan maleable la palabra.
¿Cómo vamos a entender
si seguimos hablando la misma lengua?
.
Los amo Floris, gracias siempre por el espacio de encuentro, danza, poesía, y música. Es precioso contar con un refugio como el que hallo en ustedes @estar.jam@flora_espaciodearte
13-06-2025 ☆°•.•
Trini me preguntó si había notado algún cambio o algún progreso entre mi cumpleaños del año pasado y este.
Y creo que la respuesta está en estas fotos: poder invitar a las personas que más amo en el mundo a festejar mi cumple en mi casita, cocinarles, comer juntos, leer poesías, dar muchos abrazos, hablar hasta que se agoten los temas.
Gracias por todo, los amo infinitamente
Cuando pienso en vos,
no puedo evitar
sentir una tibieza
despertando en el pecho.
Es una sensación
que escapa a las palabras
y se prende a los recuerdos.
Lo siento cuando estamos
tiradas en el suelo de tu casa
escuchando Serú en tu tocadiscos.
Lo siento cuando me lees tus poemas
y yo te escucho
completamente inmersa
en las imágenes que dibujas.
Lo siento cuando
estamos esperando en la parada del 70,
me decís que si quiero vaya yendo
y yo te respondo que me quedo,
porque sé que te da miedo la ciudad
estar en ella sola y quieta,
con tu fragilidad expuesta.
Lo siento cuando estamos
acostadas en la misma cama,
las cabezas pegadas en la almohada
y las palabras que se derraman
manchando las sábanas,
mientras hablamos
con ojos adormilados,
conversaciones que vuelven
fragmentadas al día siguiente.
Pero en ese momento,
no existe el día siguiente,
no existe nada fuera de esa cama.
Apagamos la luz
para que nuestra oscuridad
no se queme,
no se inmovilice,
para que pueda deslizarse
entre las paredes
y no se refugie en nuestra sombra.
Las lenguas se ablandan,
y escapan de su posición represora,
las palabras que salen de nuestras bocas
parecen susurros que vienen desde lejos,
desde lugares cristalizados
donde todo parece transparente y claro.
No podemos seguir acostadas,
nos estamos ahogando.
Necesito sentarme
para que las palabras
no queden atoradas en la garganta.
Necesito sentarme
para abrir los ojos
y ver el enchastre
que somos,
y reírme
y abrazarte
y, por una vez,
no tener que avergonzarnos
por nuestra sangre.
Te amo Trinita, feliz vuelta al sol ☀️
Cartografía de un olor
Camino por las calles de Nueva Córdoba
con la cabeza gacha,
concentrada en esquivar
baldosas huecas
hasta que,
como una oleada
densa y suave,
me inunda el olor a Castelar,
el olor a la casa de mi abuela,
a sus paredes de pintura desamparada,
a la mesa de madera y sus vetas
que parecían siempre esconderse
debajo del mantel blanco e impoluto
que le daba al almuerzo un aire bíblico,
el olor de sus manos rezando
y de la espera a que termine la oración
para poder empezar a comer,
la forma en la que desaparecía de la escena
y a la vez permanecía presente
como un dios omnipotente,
estaba desparramada en la mesa
sin que lo pudiéramos notar,
y entre conversaciones superpuestas
y el hambre infantil por devorar
con el acceso al exceso que todo abuelo da,
comíamos de su cuerpo
sin ser capaces de notar
el milagro que se desgajaba en nuestras bocas,
las horas que sus manos cocinaron
se desdibujaban con anécdotas pueriles
que la dejaban en un segundo plano,
mientras nos observaba
con una sonrisa de humildad.
El olor de la vitrina
que guardaba los patitos de cristal
que siempre quise tener,
uno por uno, representando a cada hermano,
y yo pequeña,
tratando de observarlos minuciosamente,
el ángulo en que estaban inclinados,
la cercanía o lejanía a la mamá pato,
para reconocer a mis familiares.
El olor a los placards
llenos de costureros
y cartas que nunca nos atrevimos a indagar,
sacos colgados
abandonados al tiempo,
repletos de bolsillos
en los que mi abuela
sabía guardar secretos.
Las puertas con la figura de algún santo,
que me observaba desde lo alto de la vitrina,
con un ramito de laurel.
El olor del comedor
siempre concurrido,
atestado de niños que crecen entre pasillos
y que pasan de desdeñar ciertos platos
a convertirlos en sus favoritos.
El olor de la vajilla,
los platos hondos ilustrados
con blanco y azul
como un recorte del pasado,
relataban una historia
que se tapaba entre comidas.
Y yo recuerdo mover
lado a lado las arvejas
para hacer aparecer y desaparecer
el rostro de un desconocido.
Dos chicas pasan a mi lado
y con un brusco comentario
me arrancan de Castelar.
Una de ellas arruga la nariz:
“¿No sentís olor a Iglesia?”
“Cuando se separa, uno tiene que ir al monte,
¿nunca lo escuchaste?”
una amiga me pregunta
mientras caminamos por una calle desolada
y la boca se me llena
del gusto a las conversaciones de la madrugada,
conversaciones que aparecen
solo entre sombras recortadas.
Me toma por sorpresa
y masco en silencio sus palabras,
las deshago en mi garganta,
pero esta vez no dejo que lleguen a mi estómago,
hace tiempo que te desterré de mi cuerpo.
Tal vez sea cierto,
pienso que quizás fue por eso
que no dolió tanto.
Pero también, recuerdo que
vivo en el monte desde que te conocí.
Quizás era una suerte de presagio
de algo que no iba a lograr sobrevivir
entre viajes a largas distancias
y paisajes altisonantes
vistas de sierras,
interrumpidas por bloques de cemento,
cielos cortados
por cables de luces que, al prenderse,
apagaban los astros,
un cuerpo que se aceleraba en la vorágine de la ciudad
y se sumía en un torbellino
del que pocas veces podía escapar.
¿Alguna vez te conté que me daba miedo ir?
Me subía al micro,
sintiendo que esa misma noche iba a morir,
solía dolerme el pecho
y entregada a los más oscuros pensamientos,
enviaba mensajes como si me estuviera despidiendo
de mi familia, de mis amigos, incluso de vos.
El dolor punzante que me atravesaba
no era una falla cardíaca,
era un grito ahogado,
un salvaje domesticado
aleteando con fuerza
dispuesto a quebrar sus alas
para atravesar la jaula,
dispuesto a hacerse un hueco
entre los barrotes de mis costillas
a falta de una puerta de salida,
o una mano que la abriera.
Y cuando volvía,
recuerdo que no dormía.
Me desvelaba el viaje
contemplando la forma
en la que los edificios
eran los que comenzaban
a recortarse,
a distanciarse,
estirarse
hasta disolverse
entre las malezas.
Miraba cómo las luces
comenzaban a quedar
relegadas por las estrellas,
el cielo volvía a ser oscuro
y parecía capaz de tragarme
capaz de absorber mi propia penumbra.
Entonces,
quizás no se trataba de ir al monte.
Tal vez se trataba de volver a casa
con el pecho abierto y
el pájaro en la mano,
con una sonrisa aniñada
esperando el instante preciso
para abrir la ventana
y soltar al salvaje.
"Soy mujer y un entrañable calor me abriga cuando el mundo me golpea. Es el calor de las otras mujeres, de aquellas que hicieron de la vida este rincón sensible, luchador, de piel suave y tierno corazón guerrero" - Alejandra Pizarnik
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Registro de la Marcha del 8M en Córdoba