No suelo abrir mi corazón de esta manera en redes, pero hoy la distancia física me impide estar en el funeral de mi abuela. Quiero que mi amor llegue hasta allá a través de estas palabras, tanto para los que la conocían como para los que no.
Desde niña, ella fue mi ejemplo a seguir. Yo no solo la admiraba; yo quería ser exactamente como ella. La mujer más independiente y fuerte que he conocido. Esa niña que se escondía bajo la cama para leer, desafiando a un mundo que le decía que los libros “no eran cosa de mujeres”, y esa joven que le temía al matrimonio hasta que el abuelo Leo le demostró que el amor podía salir “muy bien” (en sus propias palabras).
Ella me enseñó a soñar en grande y a no permitir que nadie decidiera por mí. Y le hice caso. Creciendo, la veía discutir y defender sus puntos de vista, y yo siempre le daba la razón. Quizás no porque siempre la tuviera, sino porque éramos tan parecidas. Ambas con ese carácter fuerte, un poco mandonas (lo admito), y con esa chispa de quienes disfrutan brillar y hacerse sentir. Ambas protectoras feroces de los nuestros, convencidas de nuestra verdad.
Cuando mi papá me decía: “¡Uyy, eres igualita a tu abuela!”, para mí no era una queja, era el mejor de los elogios. Siempre fuiste mi gran modelo a seguir.
Hoy sé que el cielo está de fiesta con tu llegada, reencontrándote con la Tía Tey y el abuelo Leo. Aquí quedamos nosotros, tu legado: tus hijos y tus nietos que te queremos tanto. Para quienes quieran conocer la increíble vida de esta mujer, llena de propósito y misión por su pueblo, lean su libro “Por los senderos del recuerdo”.
Te recordaré siempre, abuela, con todo el inmenso cariño y la admiración que siempre te tuve. Seguiré repitiendo tus historias y se las contaré a mis hijos para que tú nunca mueras en nuestra memoria.