—La vida se volvió extraña de repente. Aun así, sigo preguntándome:
¿qué podría valer lo suficiente como para arrebatarme aquello que me fue dado por Amor?
La respuesta siempre es la misma: nada.
Nada merece, logra y se acerca siquiera lo suficiente para apagar este fuego que arde en mí sin haberlo pedido —y sin poder contenerlo—. Un fuego que consume, que arrasa, pero también depura: saca a la superficie la escoria, separa lo puro de lo impuro y revela un brillo más alto. Incluso en aquello que estimé como pérdida.
- ¿Pérdida?
— Sí. Lo que yo llamé obsoleto… alguien más lo vio como tesoro. Uno eterno, que viene de más allá del sol. ¿No te parece loco?
- ¿el fuego?
— No. El sacar el más alto valor de lo que estimabas por pérdida. Tu vida; por ejemplo.