Lo divertido que es vivir y cocinar y mudarse y cagarse de miedo y brindar y tomar decisiones y viajar y bailar y llorar y hacer pan y mil cosas con esta persona. A por el 26, que pinta que vamos a seguir siendo unos suertudos.
2025 es oficialmente el año del pan y quien diga lo contrario, que lo diga bajito. Gracias @graciasporsu_visita@comerrrrrr.comer@bosqve por tomaros en serio mi hobbie y sobre todo gracias a @albavazpaz por ser tan maja, talentosa y liar a todo quisqui para hacer cosas preciosas.
He hecho un reels. Sí. Y lo he grabado sujetando el móvil en el mandil y montado en un tren. Sí.
- Nada tía. Este tampoco es.
Saliste con cara de decepción de aquel probador en Fuencarral. Sin saber cómo, aquel paseo -uno de esos nuestros- se había convertido en la búsqueda imposible del jersey azul marino básico perfecto.
- Es como que sí, pero no. Tú me entiendes.
Perfectamente. Daba el pego en percha, pero puesto no era ni el tacto, ni el patrón que idealizábamos juntas. Mientras lo soltabas en el montón de descartes, seguimos con nuestras conversaciones (en plural, porque siempre arrancábamos dos o tres simultáneas).
- Oye, pero tú esos pantalones llévatelos. Te dan un rollo de jefa-guay que vas a explotar muchísimo en tu nueva vida.
Los miré, riendo y dudando, y te hice caso. Y ahí, en la cola para pagar cosas que no eran el jersey azul marino básico perfecto, lo dijiste:
- Tienes que tener paciencia. Estas cosas no son inmediatas. Primero vas recolectando señales de que necesitas un cambio. Luego te pones a interpretarlas y a ver opciones. Y en ese terremoto, de repente un día lo ves todo claro y casi no tienes ni que tomar decisiones: el cambio está ahí, nítido. Para ti.
Yo, impaciente de nacimiento, me quedé mirando tu flequillo despeinado intentando rebatir esta verdad tan aplastante, pero no encontré cómo. Claro. Si es que mientras yo me abría un Fotolog tú estabas sacándote el C2 en dos idiomas.
Aunque estábamos cerca de mi casa, te acompañé hasta tu barrio. No quería dejar de escucharte. Luego volví caminando, con un runrún infinito y unos pantalones mal doblados en una bolsa de papel que empezaba a romperse por la lluvia.
Aprender de ti era de lo más divertido de nuestra amistad. Hoy, ya en esos días nítidos de los que hablabas, sigo aprendiendo a echarte de menos.
Te prometo que algún día encontraré el maldito jersey azul marino básico perfecto. Y compraré dos.
Cuando llegué a Madrid un menú del día costaba 9,50. Estos días pienso en esas cosas. Y en el Bico de Malasaña, la calle Gravina, el patio de calle Manuel. Los Verdi, el primer vermut. Los “amigos de Madrid” que ya son solo “amigos”. Pienso en el peluquero que toca la guitarra cuando no hay clientes, la señora del gorrito marinero, el hombre de flauta dulce y bermudas. El carnicero que una vez me guardó las llaves, la mujer que una vez me dio una tirita en la calle, los pizzeros que nos pasaban margaritas de contrabando durante el confinamiento. Hoy parece que Madrid nos echa. Pero me gusta pensar que ese Madrid de barrios y de gentes se cuela por las grietas de la gentrificación y el disparate. Porque Madrid (mi Madrid) siempre se parecerá más a un menú del día de 9,50 que a un matcha latte con frambuesas.