Samuel Valiente

@samvaliente_

Director de @lanuevacarnemag . Supervisor creativo en @fuegocaminaconmigo .
Followers
735
Following
1,012
Account Insight
Score
24.3%
Index
Health Rate
%
Users Ratio
1:1
Weeks posts
Lo de la IA me tiene fascinado y acojonado. Me ha generado estas imágenes a partir de descripciones como "Sonic triste fumando en el típico bar español" o "Carles Puigdemont vestido de Iron Man en una discoteca". Imágenes a partir de absurdos, a partir de abstracciones, en segundos. Prestémosle la atención que se merece: esto es p*ta magia. Es el genio de la lámpara. Le pides algo y, bum: te lo hace. Creo que no somos conscientes de la revolución que vendrá cuando esta criatura, que apenas acaba de aprender a coger el plastidecor, alcance cierta maestría y genere imágenes indistinguibles de la realidad. Cuando mejore en escritura, en voz, en vídeo. Cuando mejore en ser nosotros. Mientras tanto: "Cristiano Ronaldo personaje de Dragon Ball", "La Sagrada Familia en llamas", "Elon Musk en Final Fantasy", "Satán juega en el Real Madrid". Y, en fin: lo que se os ocurra. Es divertidísimo. Y da mucho, mucho miedo.
72 9
3 years ago
Sé que hablo de mi pelo por encima de sus posibilidades, pero el caso lo merece. Hace semanas que no veo a Kamran, mi peluquero de confianza. Paso frente a su local y en su lugar veo a tres extraños con muy mala pinta, así que sigo caminando esperando su retorno. Pero hoy ya no podía esperar más y me he decidido a entrar. Uno de esos tipos me saluda sin mirarme y me manda a sentarme con un golpe de barbilla. Obedezco, pero le pregunto: ¿Y Kamran?, a lo que responde con una sonrisa forzada y un enigmático: "No amigo, no Kamran", y procede a llamar a su esbirro para hacer el trabajo. El bueno de Kamran siempre sonreía y tenía música y divertidos aunque incomprensibles debates de Al Jazzeera en la tele, pero hoy el local está vacío y apagado y da esa sensación como de tapadera mafiosa. Mientras uno me trastea la cabeza con desgana y nula destreza, casi sorprendido de tener un cliente, el otro se limita a mirarme fijamente y en silencio. Luego se centra en su móvil, del que salen esas risas grotescas que suenan en algunos vídeos de TikTok. Empiezo a fantasear con que Kamran se la ha jugado a quien no debía y está encerrado en algún sótano, atado a una silla y suplicando por su vida, una idea que toma fuerza cuando vuelvo a preguntar por él: "Kamran vacaciones largas, amigo. Muy largas", me responden. Y ya no digo más. Por supuesto, me hacen un destrozo en pelo y barba, pero eso poco importa: salgo de allí convencido de que el único peluquero que sabe manejar mi escasa cabellera está en manos de una peligrosa banda criminal. Lucir un corte de enfermo mental es para mí un mal menor: seguiré visitando este local para poco a poco ir indagando sobre su paradero, aunque me quede sin novia, sin trabajo y sin amigos por mi lamentable aspecto. Kamran, si me lees desde tu sótano, que sepas que no estás solo. El rescate empieza hoy.
90 17
4 years ago
He descubierto el truco definitivo para dejar de procrastinar (o para hacerlo mejor). Es sentarme frente al portátil, abrir un documento de word en blanco y saltar como un resorte a limpiar la cocina, organizar los cajones o pasarme por la ferretería a por aquellos tornillos. Es lo que llamo la pirámide de la procrastinación: si te marcas la tarea del vértice solo puedes descender un eslabón, en el que hay deberes de cierta utilidad, pero te mantienes alejado de la base, en la que están los atracones absurdos, las borracheras y los videojuegos. Además, cuando vuelvo frente al ordenador y me encuentro con el cursor parpadeando como los intermitentes del coche aparcado en doble fila, reinicio el proceso y me pongo con otra de esas tareas-no-tan-importantes. Podríamos decir que es un círculo semivirtuoso. No escribiré la gran novela americana, pero la casa está como los chorros.  *En la imagen vemos la estela de un avión frente a los restos de la luna, un detalle en el que me he fijado mientras no hacía lo que tenía que hacer.
49 1
4 years ago
Un tipo random de Facebook elogió mi escritura una vez diciendo que, al parecer, tengo algo muy valioso: una voz propia. En el momento a mi ego le gustó leer aquello, pero con el tiempo comencé a percibirlo como una amenaza existencial a lo huevo-gallina. Porque tener una voz propia suena muy bien, pero, ¿puedo librarme de ella? En otras palabras: ¿tengo yo una voz o la voz me tiene a mí? Desde entonces comencé a sentirme atrapado. Atrapado en mi propia voz. Cuanto más escribía, más me aburría. Detectaba siempre la misma fórmula, el mismo ritmo, los mismos trucos. Frase más o menos larga y compleja para avanzar en la narración y exhibir cierto músculo literario. Frase corta para aligerar. Sintagma suelto. Enumeración: sota, caballo, rey. Y, espera, ahí viene: chistecito. Traté de cambiarla: escribe en tercera persona, escribe en pasado, toma distancia y, por el amor de dios, ponte serio. Pero no había manera: la voz me perseguía como el fantasma de la mediocridad y la pereza. Así que dejé de escribir. Aunque no puedo evitar que me sigan asaltando peroratas mentales con la misma estructura constantemente, peroratas que nunca plasmo porque odio sentirme autoconsciente cada vez que me releo un deje, como, por ejemplo, no sé, el de usar malas traducciones del inglés a propósito, como, por ejemplo, no sé: "autoconsciente". ¿Veis la estrucura? ¿Veis los cables? Todo este texto es una parodia. Una parodia de mi propia voz. Se me ha ocurrido como la mejor manera de, precisamente, reconciliarme con ella. De aceptarla tal como es, de abrazarla. Ven aquí, voz, hija de perra. Seamos amigos, tomémonos algo. Me tienes un poco harto, pero, a quién quiero engañar: estás aquí para quedarte y más nos vale llevarnos bien.
55 6
4 years ago
El capitalismo es maravilloso. Puedes ponerle prefijos molones, como "turbocapitalismo" o "anarcocapitalismo". Puedes ponerle adjetivos cañeros y hablar de "capitalismo salvaje", o adjetivizarlo para crear conceptos guays como "realismo capitalista". Puedes incluso unirlo todo un poco y montarte constructos tan guapos como, no sé, me lo invento, "turborealismo anarcocapitalista", ¿por qué no? Puedes ponerte ñoño y personificarlo: capitalismo sin alma, oh, capitalismo sin corazón. Puedes ponerte como te dé la gana, que al final del día vas a acabar comiéndote unas albóndigas de caballo y su previa hora de cola covidiana en el Ikea de l'Hospitalet de Llobregat pese a saber de antemano que ibas a odiar cada minuto de la experiencia solo porque familiares y compañeros de trabajo te han hablado bien de ello y aunque te lo tomas como una suerte de ritual turboanarcotardocapitalista salvajorealista vas a sentirte humillado por haberte visto sometido a este aunque fuera de manera pretendidamente irónica como cuando vas de rebajas o a ver la última de Star Wars o al Primavera Sound. Lo dicho: maravilloso.
58 16
4 years ago
Pocas veces me encuentro más conectado con la naturaleza que cuando está por llover. Eso sí: para mal. Me siento atrapado, inquieto, irascible; un poco como un animal asustado. El viento amenaza y amenaza pero no acaba de atacar. Mis músculos se tensan, noto la sangre bulliendo en las sienes. Busco y descubro que son varios los estudios que vinculan cambios bruscos del clima con accesos de agresividad: en Suiza, la presencia del feroz viento Foehn es considerada atenuante para ciertos delitos, y hay quien vincula revueltas y hasta guerras civiles con el fenómeno El Niño. Busco más, y descubro que tengo lo que se llama un temperamento "colérico". Dejo de buscar. Dejo de mirar por la ventana. Asumo que somos animales y que en determinados casos poco se puede hacer hasta que pase el temporal. O, en este caso, hasta que llegue. Me declaro en huelga de simpatía hasta que arranque la tormenta.
50 7
4 years ago
Creo que, de algún modo, todos estamos como cabras. Unos más que otros, está claro. Yo me temo que formo parte de los unos, pero los otros tampoco se libran. El caso es que la mayoría no lo sabemos. Y no lo sabemos porque nos mantenemos ocupados. Leí hace tiempo un titular clickbait sobre un experimento cuya conclusión era que preferimos recibir descargas eléctricas a estar a solas con nuestros pensamientos. En su momento me pareció una gilipollez pero ahora no se me hace tan extraño: la electricidad es, al menos, un estímulo. Y mientras hay estímulos, mientras mantenemos activa la maquinaria de trabajar, ir al gimnasio, socializar, beber, resaca, subir una montaña, bajarla, hacer la cucharita y despotricar en Twitter, todo va bien. Somos locos, sí, pero locos asintomáticos. Sin embargo, cuando paramos la rueda, ¡ay! El virus se activa y los demonios afloran como una miasma espesa y maloliente. De vez en cuando giramos el timón y perseguimos lo nuevo: ahora soy vegano, ahora me radicalizo ideológicamente, ahora me caso. Incluso a veces nos engañamos pensando que estamos enfrentando a esos demonios cuando lo que hacemos es girar la rueda aún más deprisa: me apunto a yoga, leo a Byung-Chul Han, hago memes sobre salud mental. Pero no paramos. Cualquier cosa menos parar. Porque parar nos pone frente al espejo. Porque parar duele. Así, nos mantenemos siempre activos como el mac al que bajas la tapa cada noche y llevas sin apagar desde 2015. Hasta que peta. Hasta que petamos. Dijo Pascal que todos los males de la humanidad vienen de nuestra incapacidad de estar sentados a solas en una habitación. Si es así, el mundo está bien jodido. // Por cierto, ese dibujo tan feo es mío. He querido transmitir la imposibilidad geométrica de una silla (no, qué va, es que no sé dibujar). Lo he hecho por aquello de hacer algo.
46 18
4 years ago
Nunca me ha gustado mi reflejo en el espejo de las peluquerías. Me devuelve una mirada vacía, circunstancial. Es el inconveniente de cortarte el pelo, que tienes que estar ahí sin otra cosa que hacer, un poco como en la tortura aquella de la naranja mecánica. Ni mi reflejo ni yo queremos estar ahí y así nos lo hacemos saber. A veces nos aguantamos la mirada desafiantes. Otras, juego a observar mis facciones hasta desdibujarlas. A Kamran no le interesa saber qué tal me ha ido el día ni a qué profesión occidental inventada hace menos de una década me dedico, así que solo me queda eso: mirarme la puta cara. Así que me la miro. Hola de nuevo, cara. Nos volvemos a encontrar. Menudas entradas tienes. Kamran ha vuelto a cortarte la barba de más, pero ya poco se puede hacer. Compórtate como un ciudadano decente y pregúntale qué tal le ha ido el Ramadán.
88 7
4 years ago
Veréis, yo era un niño muy ñoño, enmadrado y, claro, navideño. Para mí estos días daban sentido a la vida. Existía la magia, joder. Existía. Así que había que respetar toda la parafernalia que rodeaba el milagro. Desde que tengo memoria y hasta que ocurrió lo impensable, tuvimos el mismo árbol de Navidad. Era una puta mierda: un amasijo verde de metro y medio, plástico, decorado con bolas de poliespán y unos monigotes baratísimos que emulaban papanoeles, muñecos de nieve y, no sé, un poco cualquier cosa. Claro, os podéis imaginar que yo idolatraba esos adornos. Uno de ellos, mi favorito, era el osito de patata. Lo llamaba así porque era un oso amarillo con una textura áspera y rugosa que recordaba a los bocabits. Yo qué sé. El osito de patata, un mito. Otro era el papanoel peonza, que era, básicamente, un papanoel con forma de peonza. A ver, ERAN MIS PUTOS AMIGOS. Y un diciembre, de pronto, sin preaviso, cuando nos disponíamos a montar el pitote, descubrí horrorizado que el árbol era distinto. Era "nuevo". No me lo podía creer: ¿qué sacrilegio era ese? Nuestro árbol era feo, pero era el nuestro. Parte de la familia. Yo, sin entender nada, busqué al menos los muñequitos de toda la vida para tratar de salvar las fiestas. Pero, Dios, no estaban. No había muñecos. Solo unas bolas nuevas, lisas y brillantes. "Mama, ¿dónde están los muñecos?". Su respuesta, inconscientemente brutal: "Los he tirado a la basura". ¡La basura! Mi madre sacaba bolas pulidísimas y serpentinas insulsas para decorar aquel adefesio de árbol sin alma y yo no me podía creer lo que estaba presenciando. Fue durísimo, ¡y solo tenía 16 años! No, joder, es broma, tendría 9. El caso es que mis adorados muñecos estaban en un vertedero. Y aquello, todo, era una farsa. Fue ese día cuando perdí el espíritu navideño. La Navidad murió con el osito de patata y yo, desde entonces, paso por estas fechas como un cretino frívolo y descreído. Me hago el duro, el que está por encima de tales gilipolleces, pero en el fondo lo único que quiero es recuperarlo. Recuperar el osito de patata. Dios, cómo lo echo de menos. ¿Tenéis al osito de patata? Os daré lo que pidáis.
51 7
5 years ago
Justo aquí me abrieron la cabeza hace 30 años. Salía de un portal cuando me embistió una bici que resultó conducir mi vecino Pere, a quien ya odiaba antes del incidente por un motivo muy gratuito: su nombre en catalán de extrarradio sonaba como "pera", y todos sabemos que las peras son las frutas menos carismáticas. El caso es que, según mi memoria infantil –uno de mis primeros recuerdos, nada menos–, el golpe me desplazó varios metros y mi cráneo estalló contra el suelo y todo se volvió rojo como cuando te corren a tiros en uno de esos videojuegos de guerra. Mi tía y mi madre me llevaron al bar de mi abuela, que estaba al lado, y me lavaron la herida metiéndome de cabeza en la pica industrial, sosteniéndome por las piernas como a un conejo. Luego me llevaron al ambulatorio y me suturaron la herida con dos puntos que lucí como dos medallas. Pueden parecer pocos, pero mi cabeza era muy pequeña por aquel entonces, yo qué sé.    Pues bien, el otro día la historia estuvo a punto de repetirse justo allí. Solo que esta vez mi vecino en bici fue sustituido por una figura propia del universo ciberpunk, o sea, la cotidianidad presente. Un chaval alto, esbelto y negro, como recién salido de un videoclip de trap, montado en un patinete eléctrico cargado de lucecitas led, escuchando música con unos enormes cascos inalámbricos y, además, mirando el móvil, se enfilaba hacia mí a toda velocidad. Por suerte, esta vez logré esquivarlo –parece que, después de 30 años, he ganado en alerta– y el tipo siguió su camino sin inmutarse (diría que incluso sin verme). Yo, en cambio, quedé con una sensación de déjà-vu 2.0 y me pasé varias horas buscándole sentido, sin éxito, a tanta casualidad. Solo sé que la modernidad personificada estuvo a punto de arrollarme justo en el lugar donde sangré por primera vez. Y que, aún hoy, sigo sin moraleja.
66 7
5 years ago
Los viernes me toca organizar los envíos y me mola bastante porque es lo más parecido a un trabajo mecánico que hago desde hace tiempo. Me gusta mi trabajo, sí, pero a veces fantaseo con ese rollo de echar horas con el piloto automático, escuchando música en español o un podcast (joder, ¡un pocast!). Obtener un resultado palpable y medible en el mundo físico. Rellenar formularios, imprimir etiquetas, abrir cajas, contar revistas, cerrar sobres. Cargar cosas, moverlas de sitio. Esa sensación de que estás haciendo algo de verdad, con materia real, y que más te vale hacerlo bien porque no hay CtrlZ. Encontrar atajos, truquitos para ser más eficiente, picarte para hacerlo más y más rápido. Puede parecer una gilipollez, pero esa mierda me satisface de una manera especial. Quizá porque, durante un rato, escapo de mí mismo. Dejo de ser para simplemente hacer. Como una máquina. Creo que, los que trabajamos demasiado en lo digital, lo social y lo abstracto, deberíamos hacer esto de vez en cuando. Ser un poquito más máquina. Quién sabe, igual es eso lo que nos falta para ser un poquito más humanos.
74 6
5 years ago
Chequeo periódico de ascensor: - Peso: bajando - Barba: fuera de control - Pelo: ahí vamos - Compra de coartada: leche y pan - Compra real: cervezas y papel de fumar. Seguimos.
68 10
6 years ago