La noche empezó como empiezan los momentos que después quedan en la memoria.
El calor del Caribe tenía otro pulso, el que propuso Nico Schettino. La gente llegaba con electricidad en el cuerpo, de esa que no se explica: se siente.
Afuera, Tulum. Adentro, otra cosa.
El primer acorde abrió el umbral.
Lauti Pellene fue el inicio: emocionante, cercano, como quien prende la mecha sin hacer ruido.
Después, Chechi de Marcos empujó la noche más allá, sosteniendo una energía que ya empezaba a desbordar.
Y entonces… el momento.
Cuando subió Santiago, todo se ordenó alrededor de su voz y sus canciones.
No fue solo un show. Fue una revolución de amor en un cine.
Los temas se cantaron desde adentro, con fuerza, con aroma a jazmin chino, como si cada uno necesitara decir algo que no sabía cómo sacar de un camino de piedras.
Ahí, en ese coro colectivo, en ese temblor compartido, la noche se volvió eterna.
Y en el medio, la memoria.
Galería Random intervino el espacio como quien deja una marca en la pared: colectiva, incómoda, necesaria.
50 años después, seguimos preguntando, seguimos estando, seguimos alzando la voz por la memoria, la verdad y la justicia.
Después…
El pogo se volvió baile, el baile se volvió sudor, el sudor se volvió risa.
Mati Mier tomó el control y nadie quiso irse. Nadie pudo.
Manos y bocas ocupadas entre besos y sabores: Ruda Smash Burgers, los fuegos de Terapia a la Llama, los dulces de Conos, y tragos que iban y venían con Mezcal Amarás y Gin Condesa.
Pasaba de todo.
No era solo un festival.
No era solo música.
Era una señal.
Porque cuando todo se mueve, cuando los lugares cambian, cuando lo conocido se cae…
aparecen otras formas, otros encuentros, los mismos amigos, y noches como esta.
La primera edición del Festival POGO fue eso:
una quimera cargada de futuro.
Porque si esto fue el principio,
lo que viene
va a ser todavía más grande. 🔥
Gracia a
@gastonbailo.photo y
@gschamorro por el hermoso registro.