Sintió el peso de todo el universo encima de sí. Sintió cómo aquel instante se convertía en todo el tiempo y en todo el espacio, a la vez que era el momento más efímero que nunca había experimentado. Sintió que era el ser más grande que nunca había existido, capaz de todo, de conquistar incluso aquello que no se podía siquiera imaginar; pero también se sintió pequeño, insignificante frente a aquellos ojos parpadeantes que le miraban desde el cielo. Allí estaba, frente a la inmensidad de su existencia, frente a la inmensidad del cielo y todo lo que él alberga. Allí, en aquella terraza, en aquella noche de verano, que fue, por un tiempo, el instante más largo y el momento más fugaz. Allí sintió que sentía, y allí se quedó, sintiendo cómo la brisa le acariciaba el pelo a ritmo de Bossa Nova.
Cuando llueve me gusta abrir la ventana, y poner la mano al lado, para que me caigan las gotitas que rebotan. Me gusta sentir ese fresquito que, por un instante, colma mi vida. Esas son las mismas gotas que caen sobre las hojas de las macetas de la terraza, y hacen que jazmines y rosas, cactus y amapolas crezcan hacia el cielo. A mi también me gusta mirar hacia el cielo, me gusta sentarme en mi escritorio y mirar por la ventana hacia arriba, viendo día tras día, al igual que las macetas, el mismo trozo de cielo. Pero día tras día, un cielo diferente, unas veces azul, otras con manchitas blancas, o gris, u oscuro, o estrellado. A veces subo arriba, con las macetas, para ver con ellas como el cielo viene y va. Mientras, me gusta tomarme un té, y sentir como la brisa me acerca los olores de la albahaca y las orquídeas, y con suerte escuchar el canto de algún pájaro que no había oído antes. Pero luego me acuerdo que tengo que volver a mi maceta, sentarme de nuevo frente a mi ventana y bajar la cabeza y volver a ser yo, y no el tulipán de la terraza. Me paso el día imaginando que juego al golf en una maceta.
¿Y ahora qué?¿Qué vas a hacer con él?¿Lo vas a tirar por ahí como si fuera basura?¿Después de todo? No sé, haz lo que veas, yo no quiero saber nada. Eras tú el que tenía que solucionarlo. Las cosas no se solucionan apartándolas, ya ves, ahí lo tienes delante, inerte.¿Ahora qué vas a arreglar?¿Acaso crees que puedes emepezar de nuevo?¿Borrón y cuenta nueva? Yo creo que no, esto te va a condicionar el resto de la vida y todo por no atender un poco más a lo que estaba pasando. Habrá más, eso seguro, pero espero que esto te haya servido para darte cuenta que tanta cabezonería no es buena, y que no puedes estar todo el rato en Babia. Anda, acerca el bizcocho, que seguro que con chocolate está un poco mejor.
Éramos los reyes, éramos los dueños. Dueños de nuestra libertad, de nuestros placeres y nuestros sueños. Pero qué frágiles éramos, con qué facilidad se rompió todo. Éramos los reyes, sí, éramos los dueños. Dueños del desconocimiento y la ignorancia. Ilusos, íbamos y veníamos, allí, aquí; aquí, allí; donde fuera, en todos lados. Sólo nos preocupaba una cosa, ser los reyes del universo. Pero no sabíamos serlo, o no creíamos serlo, pues queríamos más, más libertad, más sueños, sin ver que ya éramos dueños. Si, éramos los reyes, hasta aquel día, en el que nos encerraron en nuestro castillo; y qué pequeño se nos quedó, en comparación con todo nuestro reino. Dueños sin libertad ni movimiento, en definitiva, prisioneros de la soledad y el tiempo. Éramos los reyes, si, seamos de nuevo, construyamos castillos en las nubes y usemos pájaros mensajeros. Hagamos del cielo nuestro reino, pues allí arriba el sol y la luna, nos harán compañía. Si, seamos, seamos reyes de nuevo...
“Nunca la gente piensa tanto y se vuelve tan introspectiva como cuando sufren; entonces están ansiosos por comprender... si es justo que tengan que pasar por eso. En cambio cuando están contentos toman su felicidad como algo evidente, y no la analizan, como si la felicidad fuese un derecho natural” Luigi Pirandello.
Hoy estoy feliz. Mi propósito en esta vida no es otro que ser feliz, ergo, mi vida ha de acabar, no? Ojalá fuera tan fácil como una consecuencia lógica, pero no, no sé cómo me levantaré mañana, quizá más feliz que hoy, o quizá menos que ayer, pero si sé que hoy estoy feliz y que además creo saber la causa de tal dicha. Hoy he compartido el día con mis amigos, personas a las que verdaderamente quiero, que ya es difícil siendo yo, y he visto una tónica en todos nosotros, y es que somos felices con lo que tenemos, y más importante, con lo que hacemos. Quizá somos la excepción porque hemos encontrado nuestras pasiones, o eso creemos la mayoría, pero en ningún caso estamos exentos de haber caído en fracasos y decepciones. Pero de ahí es de donde se ha de partir, de ahí y de tener la fuerza para saber avanzar, porque es necesario creer que cada uno puede hacer aquello que quiera y no apalancarse en aquello que ya hemos hecho. La paz mental es importante en el camino de la felicidad, porque las dudas, como dice Pirandello, sólo nos enmarcan en el sufrimiento. Para acabar, me gustaría hacerlo como empecé, con una cita. Y dice Nietzche: “El remordimiento de conciencia es, como el bocado del perro a una piedra, una tontería”. Pd: La aquí fotografiada es mi querida Guadalupe Martín, en el concierto que dio el pasado día uno para amenizar la entrada de año.