Hay dos pensamientos que me vienen a la cabeza cuando veo estas imágenes. Uno de ellos es una duda: ¿esto ha ocurrido de verdad? Y, efectivamente, así ha sido. O al menos, supongo que estas fotos son pruebas suficientes para creerlo. Entonces, todo esto me parece un absoluto disparate.
Con el segundo pensamiento me invade un orgullo y una emoción enormes, de las que oprimen el pecho. Y es que, todavía veo en todos nosotros, en toda esta familia que ahora es algo más grande, a los mismos chavales de siempre. Esos que se suben a una furgoneta, que recorren carreteras y paran en gasolineras, que les gusta sentarse a la misma mesa y salir juntos, que ríen mucho y que, por suerte, no lloran tanto. Y lo más importante: que se siguen poniendo nerviosos antes de un concierto como este, que conservan la misma ilusión de siempre. Me gusta ver que seguimos siendo los mismos chavales de antes, los de las pequeñas salas y los que se quemaban al sol cuando tocaban temprano en los festivales, y que, a pesar del paso del tiempo, las ganas de darlo todo no hayan cambiado.
Gracias a las 16.000 personas que estuvieron para nosotros y que nos acompañaron en esta completa locura que tuvo lugar en el WiZink Center. Dios, esto nadie nos lo va a quitar.
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