Después de meses, intento regresar.
Ocho meses. En numerología, equilibrio entre lo espiritual y lo físico.
Ocho meses en los que mis bases ya endebles terminaron por derrumbarse, dejando un vacío infinito.
Como una torre de naipes.
Despedidas inesperadas de seres que sostenían lo poco que quedaba en pie. Y que ya no están.
Un dolor yacente, visceral, desde lo más profundo. Como si los huesos también dolieran.
Hoy, en medio de una fragilidad a la que no estoy acostumbrado, escribo esto buscando reconstruirme.
Acompañado por unos pocos. Y por muchos, desde la distancia. Desde ese distanciamiento personal que se ha sentido como minutos eternos.
Una reconstrucción que toma tiempo… y que aún cuesta habitar.