Pocas cosas son tan reales en la vida como aquellas que permanecen en nuestra memoria. Cuando tenía cinco años, al volver del colegio cada tarde, dejaba a un lado los deberes de caligrafía y matemáticas, y me escabullía al estudio de mi padre para verle pintar. Copiaba sus cuadros en mi bloc de dibujo y merendaba con él. Aquellos momentos permanecen a día de hoy aún en mi mente, reconstruyéndose a diario, y si siguen existiendo es sólo porque yo los recuerdo, y de hecho esa es su única existencia.
Mis padres se conocieron en el verano de 1951 en Bilbao. Ella tenía veintiún años y cantaba coplas en un bar y él tenía treinta y cuatro y pintaba retratos. Un cruce de miradas bastó para que permanecieran juntos toda la vida. Mi abuela Carmen nunca se separaba de ella para protegerla de pretendientes, pero a pesar de eso, se las arreglaron para verse a escondidas. Se casaron cuando mi madre quedó embarazada y en la primavera de 1952 nació mi hermano Juan.