Purricha, Bajo Baudó — Chocó, Colombia
Luego de dos horas de lancha rápida por el Pacífico, llegamos a Purricha.
No hay carretera. No hay forma de llegar por tierra.
A veces, una avioneta baja en una pista de muy pocos metros, abierta a punta de selva.
El caserío natal de Mario es un conjunto de no más de cuarenta casas de madera, a espaldas de la selva y de frente a una amplia bocana donde el río se encuentra con el océano.
El aire llega húmedo, espeso.
Huele a lluvia, a madera viva, a sal.
Y cuando escampa, entran por las ventanas las hierbas de azotea —poleo, orégano, cilantro cimarrón— como si la casa respirara.
Purricha parece una sola y eterna huerta.
Cuesta saber dónde empieza una casa y termina la otra, como cuesta saber quién es hijo de quién.
Caña, papachina, pomarrosos, papayos, naranjas, limas y limones crecen entre casa y casa, alimentando a las treinta familias que aún quedan.
Aquí la pesca no es paisaje, es vida.
Las faenas comienzan temprano, entre río y mar.
Ese día, el gualajo —un bagre del río— terminó en tapao: coco, humo, tiempo.
Un plato que no es receta, es territorio.
Hace unas décadas eran más.
Pero el tiempo y la necesidad han vaciado el poblado, mientras el río y la selva se tragan lo construido.
La antigua escuela hoy es una ruina cubierta de musgo, esperando su turno.
—Aquí nos falta todo, pero comemos sabroso—
me dijo Daisy, con los ojos cerrados de tanto sonreír.
—Alejooooo, venga pa’ acá!—
gritaban mientras picaban verduras y rayaban coco con conchas de mar.
Esa noche cantamos arrullos en la penumbra.
Al día siguiente, el pueblo probó ceviche por primera vez.
Risas, arcadas, asombro.
“¡Ayyyy Alejo! ¡Esto sabe raaaaro!”
Algunos lo amaron, otros no.
Pero todos estaban juntos.
Aquí no llega el Estado,
pero llega el río, la selva, el alimento.
Y eso también es política.
Comer sabroso aquí no es un lujo.
Es resistencia.
Texto: Juan Camilo Maldonado
Fragmentos y memoria: Alejandro Osses
Magazine:
@muchocol
Daysi QEPD.