Hace siete años me desperté por primera vez a las cinco y media de la mañana. Desde entonces, madrugo para hacer radio. Jamás imaginé que esto podría ser mi vida y tampoco pensé que el año que viene, en solo una semana, dejaría esta existencia de alondra.
Se termina una etapa que me hizo profunda y pelotudamente feliz. Fui mil veces a la radio sin haber dormido o desahuciada por la vida misma, hice cientos de programas en mi casa atravesada por la vida doméstica, sin embargo, cuando se prende la luz roja el único propósito es hacer un gran programa. Me metí en política (¡y trabajé con mi papá!), en economía, entrevisté al presidente, a varios astronautas, pregunté, pregunté y pregunté. Lo seguiré haciendo, solo que esta manera llega a su fin para dar comienzo a algo que me tiene hiper entusiasmada.
Desde el dos de enero dejo la mañana de la Oncediez para hacer un programa diferente de 14 a 16 hs.
"Finjamos demencia". También por la AM 1110.
Voy a hablar más de cultura, de ciencia bien ñoña, de educación, de los temas que no ocupan la agenda urgente pero son imprescindibles. Un poco de poesía en la mitad de la tarde, con un grado de necesaria insensatez, para atravesar el día con felicidad.
Disclaimer, el Martín Fierro de la foto fue tomado prestado para graficar la felicidad de la nominación.
Disclaimer dos, a la revista Nature le digo que cuando quiera publicar un paper sobre el experimento de gestar hijos al micrófono para ver si después hablan mucho, acá tengo las pruebas.
Por último: me tocó la dicha de trabajar con mucha gente increíble que fue pasando por el programa. Estoy eternamente agradecida
Volví a mí casa luego de una sesión de terapia en la que entendí que Nina necesitaba su espacio y que el lugar que dejaba vacío tenía que ser mirado de frente (y cubierto de flores, como todos mis vacíos). Me fui a dormir la siesta y cuando desperté me mandé un whatsapp al chat conmigo misma. Era el texto que está en este libro.
Hace un año fui a la Feria del Libro dos días antes de su apertura al público, a las jornadas profesionales. Llevaba impreso mi portfolio y este librito. Cuatro copias.
En el stand de Asunto Impreso estaba Guido Indij, director editorial, lo leyó, se copó, charlamos. Me escribieron. Lo editaron (con taaaanto amor).
Llevo una vida entera deseando esto. La felicidad que me produce no me entra en el cuerpo. Son una veintena de páginas que me ponen cursi, melosa, floriponeada, agradecida, extática. Feliz.
Muy muy feliz.
Gracias @gindij@lamarcaeditora_@asuntoimpreso
(La última foto es porque ADEMÁS estoy todos los días en la feria de 14 a 16 hs haciendo Finjamos Demencia en el stand de la Oncediez, pasándola genial).
¡¡¡Manteles ilustrados!!! Alegres, floripondiosos, únicos y prácticos. Poner una mesa colorida es un mimo.
En el link de mi bio van a la tienda donde están todos los modelos y tamaños. Y cómo me hace tan feliz dibujar y hacer las compras vienen con regalitos.
He aquí una explicación de mis manteles:
Hace dos años, cuando empezábamos tímidamente a juntarnos después del maldito-encierro-eterno sentí una alegría de esas que me sube por los pies y me cosquillea hasta el paladar. Cuando me pasa eso yo sé que tengo que CREAR. Necesitaba regalarle a todos un dibujo que de alguna manera simbolizara la felicidad del encuentro en una mesa, sin barbijos, sin distancia. Entonces se me ocurrió ilustrar manteles. Me di cuenta que acá en Argentina era imposible encontrar algo para la mesa que no fuera beige, crudo o gris. Y así nació el mantel Enciclopedia. Los dibujos, hechos a mano uno por uno y luego digitalizados, son plantas comestibles. La fucsia flor de cúrcuma, la roja de la granada, una violeta vibrante que es azafrán.
Los manteles son de tropical mecánico, una tela no impermeable pero muy fácil de lavar en lavarropas y que no se arruga (las clientas felices pueden dar fe, me mandan fotos con uno y otro uso de sus manteles que siguen coloridos como el primer día). Pero lo mejor es que como están tan dibujados cuando hay una manchita no se nota. Porque nos encanta una mesa feliz y colorida pero esclavas del lavado JAMÁS.
Ahora hay cuatro estampas: además de Enciclopedia, está Limones, Orquídeas y esta nueva azulita que le pusimos “Sinfonía”. Nunca se cuando vuelvo a hacer la misma estampa así que apura por el tuyo que son ediciones caprichosamente limitadas 🤣
#manteles #tablesetting #tabbledecor #tabblecloth #illustration #illustrationartists #flowers #flowerstagram #color #anthropologie #art
1. Acuarela sobre papel de algodón Arches
2. Detalle
3. La única foto que me quedó de Monincho (el muñeco verdoso que tengo en la mano) tras perderse en un barco, era en blanco y negro. La arreglé.
4. Siesta con Batata
5. Cúpula de honguitos
6. Detalle
7. Siesta de tía entre las plantas
8. Sostengo cosas en Infobae
9. Nina hizo el budín mas rico del mundo.
Importante: ni Batata ni mi sobrino están a la venta, el resto es negociable, incluido el budín de Nina. El paisaje neblinoso y la cúpula fueron dos encargos que recibí este mes (qué feliz fui haciéndolos).
La tarea: ilustrar Plegaria para un niño dormido de Spinetta para @lamarcaeditora_ y su colección (increíblemente bella) “Terrible rock”.
Escuché la canción en loop por horas hasta que me di cuenta cuantas veces había murmurado rezos laicos, plegarias e invocaciones para que alguno de mis hijos se durmiera. Mamá me das agua, mamá tengo una pesadilla, mamá si no aparece mi conejo de peluche no me duermo. Entonces convertí el surrealismo del flaco en dibujos cotidianos de una madre que intenta atravesar la hora (esa hora que todas conocemos bien) de baño, cena, cuento, cama.
Lo pueden conseguir en todas las librerías del país.
1. El arte de perder no es difícil de dominar
2. Pierde algo todos los días
3. Acepta la confusión, luego practica perder un poco más, perder más rápido.
4. Nada de esto traerá el desastre
5. Aunque pueda parecer como un desastre
Una re interpretación dibujística del poema de Elizabeth Bishop.
Me desperté sola y es el día de la madre. Había cambiado el viernes por el sábado con el papá de mis hijos para despertarme con ellos. Pero Nina tuvo un campamento en el club y Rocco haciendo uso de su adolescencia, duerme. Mi madre me mandó mensajes diciendo feliz día a mis cuatro de la mañana (para ella eran las diez) y como yo dormí con el teléfono en sonido por si me llamaban para que rescate a Nina, los vi. Ella también se despertó sola en el día de la madre. Está en Tel Aviv hace un par de meses porque mi hermana, que no se despertó sola sino exhausta, tuvo a su primer hijo. Querría pasar el día todos juntos.
Pero estoy acá, haciendome un café con la casa en silencio un domingo de sol. Ayer dejé las pinturas sobre la mesa y tengo un dibujo a medias. La agenda impone el festejo pero sentarme en soledad a pintar un alcaucil me da un placer inmenso. Aunque quizás extraño a Nina al lado mío pidiéndome que le alcance el amarillo (ese carísimo de Winsor and Newton que yo le presto sin siquiera decirle que cada vez que lo usa frunzo los dedos de los pies).
Siempre me costó más soltarlos (¡y cuánto me falta aún!) que agarrarlos (el primer año de cada uno de mis dos hijos el resto del mundo simplemente se me apagó). Aún así jamás dejé de reconocer esa contradicción: miedo y valentía, necesidad de soledad y apego, amor y… no sabría cómo llamar a eso que ataca a veces ¿hartazgo?
Mi mamá, promediando sus sesenta, se fue a vivir un par de meses al lado de su hija por parir. El otro día conversábamos sobre su experiencia con el idioma, con la rutina que se armó trabajando desde el departamento israelí y yo pensaba para mis adentros: esto no termina más. Y uso la palabra esto porque no se cómo llamarlo. ¿Sacrificio? ¿Entrega? ¿Disponibilidad? Mi hermana recién se entrena en el oficio, pasa noches sin dormir, está agotada. Me da ternura salvo por el miedo. Ese es el costado oscuro de esto que somos. Un miedo hondo y constante, que a lo sumo se le puede bajar el volumen pero no te abandona jamás. Ni aún cuando pinto un alcaucil y pienso si le habrán alcanzado las galletitas que le mandé a Nina en el bolso del campamento para el desayuno.
“Muerte con pingüino” es una novela de Andrei Kurkov sobre un escritor frustrado, solitario y frío que adopta un pingüino, un día que pasa por un zoológico que regalaba los animales a quienes pudieran alimentarlos. En una helada Ucrania bélica viven el escritor y su pingüino en un equilibrio tierno y bastante triste hasta que aparece Sonia, una nena, que, otra vez, por pura casualidad, es adoptada por Viktor.
Misha, el pingüino tiene ojos profundos y melancólicos, produce suspiros casi humanos, mira la tele con Sonia, come pescado congelado. A veces sale de paseo y se desliza por la nieve o el hielo.
Viktor escribe necrológicas para un diario y termina formando parte de una red de espionaje.
Leí la novela de un tirón. El silencio del pingüino, las calles de Ucrania, el frío, los brillos de la tele en la cara de Misha, no sé exactamente qué pero algo de todo eso, me hizo dibujar.
El libro es excelente, lo disfruté y me hizo reír (especialmente al principio) pero lo amé por haberme empujado a narrar algo en imágenes, salí de mi zona de confort, dibujé en digital. No tengo idea qué será esto, pero acá está.
Diciembre 2021
Todo parecía volver lentamente a la vieja normalidad. Mis hermanos, expatriados hace rato, volvían después de un par de navidades interrumpidas por el covid. La distancia nunca se había sentido más gigante. Al fin vamos a comer todos juntos, con toda la familia, con los amigos, sin pensar en contagios. Esto merecía muchos dibujos y una mesa llena de colores: ¡manteles ilustrados!
Pruebo cosas. tiño telas, dibujo, pinto, todo se termina convirtiendo en un trapo feo. Hasta que, después de varios fracasos, encuentro la forma: digitalizo mis acuarelas y encuentro la tela perfecta y la manera de imprimirlas para que no pierdan la calidad de pintura a mano.
Me doy cuenta de que además es una forma practiquísima de regalarles mis dibujos a mis hermanos que cada vez que les mandaba un dibujo mío, les hacían lío en la aduana.
Septiembre 2025
Muchas cosas cambiaron. El primer mantel sigue intacto, tuvo mil lavados en lavarropas y no se destiñó, ni se arruinó. Le pasaron por encima cientos de sobremesas, mil risas y alguna discusión.
Los manteles honran a mi madre, que elegía cómo poner la mesa según su estado de ánimo. Y a mi abuela, que entendía el momento de comer como un abrazo.
Antes nunca ponía mantel, ahora, estiro mis dibujos, les pongo flores en el centro, invito a mis amigas, hago cenas especiales para mi hijo adolescente cada vez que le va bien en el cole, pongo un mantel para sentarme a dibujar con mi hija pequeña.
Cada tanto me agarran ganas y dibujo cosas nuevas para convertirlas en mantel.
Son de tropical mecánico, hay dos medidas estándar en la tienda pero si necesitan otras me pueden pedir. Los dibujo, los estampo, los corto y los coso yo, así es que si no existe lo inventamos.
Lanzamiento primaveral: pre venta de cualquier estampa, con el código PREVENTA hay un descuento especial y demoran 20 días en entregarse (se retiran por Nuñez o envios a todo el planeta por correo).
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“El silencio es salud” dicen algunos. Si así fuera yo debería estar muerta. A mi me enseñaron a hiper-comunicarme. Todos en mi familia son locuaces y articulados. Mi madre por mera vocación, mi padre por periodismo, mi abuela por neurosis. Nos hablan, se hablan, me hablan. Hablo con distintos grupos de amigas a las que canso de manera rotativa, con mis hermanos por teléfono, hablo con mi terapeuta, hablo en el trabajo, hablo con mis hijos. Tengo pasión por las largas sobremesas o las eternas charlas de almohadas. No sé callarme.
Hablo mucho desde que soy chiquita. En la casa de mis padres hay cientos de videos: mi hermano filmaba y yo imitaba a Fanny Mandelbaum. Improvisaba largos monólogos ceceosos (se me habían caído los dientes). Tenía una solvencia tierna y exasperante.
Lo peor son las mañanas: carezco de ecualización, hablo como si fueran las cinco de la tarde. Que si el café o los planes del día, el turno con la pediatra, sacá el pollo del freezer, me re gustó cómo terminaba la película de anoche, querés huevos, me voy a agarrar un libro para el subte pero no se por cúal seguir porque ayer terminé el de Bizzio. Ay, perdón estoy hablando mucho ¿no?
Pero, aunque me sé pesada, pude sacarle provecho a mi desborde lingüístico: hace casi diez años conduzco un programa de radio. Hablo por plata. La primera vez que me senté frente a un micrófono fue como descubrirme metida en el agua nadando sin que nadie me hubiese enseñado.
¡La envidia que me dan los que saben callar! Los que saben guardar secretos o los que no sienten necesidad de conversar sobre sus emociones. Los que más bronca me dan son los que no necesitan embuchar el silencio con ruidos innecesarios. Los detesto. Yo digiero conversando y los otros me padecen. Hace poco me di cuenta que dibujo igual: lleno todo de garabatos hasta que me encuentro con la línea precisa. Mis dibujos son abundantes, solo se explayarme en la exuberancia. A veces (muchas veces) me gustaría ser más sutil, menos profusa. Pero no sé callarme. Creo que no importa. Al menos menos, mientras haya papel.
Voy a estar exhibiendo mis dibujos en Bada. En la Rural, del 28 al 31 de agosto. Stand 164. Vengan, les daré charla.
Me lastimé el nudillo del dedo índice de la mano derecha. No tengo idea cómo pero cuando me preguntan digo que me picó una araña. Soy pésima mentirosa por eso busco engaños verosímiles incluso ante mi misma. Hace unos días estuve moviendo muebles porque pinté mi habitación de azul, me podría haber mordido un bicho. Pero no fue eso porque el dedo no me ardió, ni me dió picazón, simplemente apareció lastimado, justo en el doblez, sobre las arrugas, donde sobra piel. Apenas vi el raspón me sorprendió que en lugar de sangre me saliera agua y que en lugar de regenerarse como cascarita la lastimadura empeoraba. Cada vez que la miraba había cambiado de forma: se ensanchaba y se extendía como una mancha de tinta china. Tuve ganas de hacer varios retratos de mi dedo con la constancia de los impresionistas. El surco se transformaba a una velocidad hipnótica y no paraban de aparecer colores nuevos: rojos intensos, bordeaux, violetas, púrpuras, magentas. Incluso algún destello de azul. Se combinaban en remolinos, por pinceladas, por capas. Además se expandía: desde la uña hasta el nacimiento del dedo. Me dediqué a evadir la cicatrización golpeandome contra todo: la pared, el cajón, la canilla cuando lavaba los platos. En cada torpeza ganaba una nueva imagen. Me dolía, un poco, pero más me fascinaba ver la carne. Tal vez si la cubría lograba que cicatrice pero me gustaba mirar como cambiaba a lo largo del día. Con el frío se enrojecía, con los golpes se ponía azul.
La primera capa rosada apareció en la parte inferior del nudillo. Terca, la nueva piel trepó de abajo hacia arriba, puso orden y apagó las novedades. Apenas empezó su tarea de restitución se la veía de un sospechoso tono agrisado. Pero cuando volví a mirar ya había conseguido el mismo color rosado que el resto de los dedos. Solo me queda una cascarita debajo de la uña que pinté de violeta para no extrañar tanto los colores que tenía mi dedo hace unos días. Ahora tengo un nudillo con pliegues normales y no queda ningún rastro de cuando estuvo destrozado.