LAS MEJORES NOCHES DE TU VIDA
Un texto de @marceelus sobre la locura que vivimos ayer en París.
Es posible que dentro de siete años, cuatro meses y diecinueve días nos levantemos una mañana de la cama y notemos un ligero dolor de cabeza: todavía tendremos resaca del PSG-Bayern que se jugó ayer en el Parque de los Príncipes. Hay partidos que son una pérdida de tiempo, hay partidos que sirven para pasar el rato, hay partidos que deciden temporadas y hay partidos que no deberían acabarse nunca. El que midió a los futbolistas de Luis Enrique y de Vincent Kompany en la ida de las semifinales de Champions 2025-26 pertenece a esa última categoría. Y continuará ahí, en un rincón, durante décadas, como ocurre con algunos monstruos o algunos amores de la infancia, que nunca terminan de marcharse. Fue como sentir un calambre durante cien minutos. Hay noches en las que el fútbol se afloja la corbata, toma la botella, llena la copa hasta el borde y dice: qué coño, hoy toca divertirse. Son las mejores noches, porque el delirio campa a sus anchas. Y entonces Kane se pone a dar pases a sus compañeros como quien reparte globos en una fiesta de cumpleaños. Y Kvaratskhelia empieza pegarle tiros a todo lo que se mueve. Y Olise se desliza por su banda como si patinara por una pista de hielo. Y el pequeño João Neves vuela por los aires en plan Artemis III. Y a Luis Díaz se le mete el demonio en el cuerpo y rompe a gambetear por todas partes. Y Dembélé hace de Démbélé (nadie hace de Dembélé como Dembélé: ni cuando brilla ni cuando zozobra). Y a Musiala le aparecen ventosas en las botas. Y los dos equipos se siguen dando con la mano abierta. Y Marquinhos acaba diciendo que fue el partido que todos soñaron jugar desde niños. Les costará recuperarse. A ellos y a nosotros. Nueve goles titánicos. Y pudieron ser más. Que le jodan a la migraña. Hay una forma de distinguir las mejores noches de tu vida: son las que siempre te parece que terminan demasiado pronto.
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Hay preguntas que no deberían estar en mi cabeza y que sin embargo están ahí, una mosca atrapada dentro del coche. Suelen ser trivialidades, estupideces. Hacen un ruidito miserable y constante. Por ejemplo: ¿quién inventó las patatas fritas onduladas? ¿Qué lo llevó a prepararlas por primera vez? ¿Cómo sabía que con ese simple cambio de forma estarían más buenas? ¿Por qué una patata ondulada no sabe igual que una patata normal, si ambas patatas son el mismo ente, la misma patata? Es insoportable. Soy insoportable. Me interesan las personas que hacen cosas distintas. Tan distintas, que además son nuevas. Tan distintas y tan nuevas, que además son milagrosas. Me interesan, llego a la conclusión, las personas que hacen milagros (un poco más original y reviento). Pero milagros modestos, palpables, cotidianos. Nada demasiado aparatoso. Admirar es como volver al gimnasio después de mucho tiempo: mejor empezar con poquito. Alguien que en verano corta el melón en tajadas iguales, proporcionadas, perfectas. ¿Cómo no proponerle un minuto después que sea el padrino de tu hijo? En 'The Night Of', Freddy (Michael K. Williams) es un preso muy temido que acoge en su celda a Naz (Riz Ahmed), un chaval con cara de no haber roto un plato en su vida. Cuando este, en el último capítulo de la serie, le pregunta que qué ha hecho para merecer su protección, la bestia criminal le responde que es el único de toda la cárcel que le transmite inocencia, y que por eso lo ha querido a su lado durante todo ese tiempo; porque tenerlo a él, ahí dentro, era como tener un unicornio, algo que nadie más poseía. Ni moscas ni patatas ni milagros. Unicornios, me digo. Eso es lo que yo ando siempre buscando.
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Un grupo de amigos intenta dejar de fumar en Barcelona. Un grupo de amigos. Así, en bloque, como si a ciertos lugares oscuros fuese mejor ir acompañado. Una de las camaradas, Suárez, quiere subirle el ánimo al resto pasadas las primeras semanas y nos dice: «Lo estamos haciendo tan bien que nos merecemos un cigarro». Sublime. A veces todo lo que puede haber al final del sufrimiento es una buena frase, y no me quejo. Desayuno yogur con cosas, leo un rato —Chirbes, Heller, @bucolicajjjjjjj —, me pongo calzado cómodo y salgo a dar una vuelta por el barrio. El paseo, nueva costumbre desbloqueada. Hace algunos años juré que jamás diría que caminar es hacer deporte. El tiempo es un animal salvaje que se te echa encima al mínimo descuido. ¿Dónde se tiran las promesas que ya no puedes cumplir? ¿Al plástico, al papel o al orgánico? Estas semanas planas y grises solo pienso en Los Soprano y en personajes fascinantes para novelas que nunca existirán: el último, un tipo tan aprensivo que una tarde siente un dolor repentino en el brazo derecho al salir de la oficina y, en lugar de descartar problemas cardíacos (en ese caso el dolor se ubicaría en el brazo izquierdo), piensa que le está dando un infarto en el lado equivocado, el primer infarto en el lado equivocado de la historia. Sin el miedo, las personas daríamos infinitamente menos juego. Toda angustia llevada al extremo conduce a la comedia. Los polos se tocan. De un libro de @psicofonia33 : «Dejar de ser humano fue lo primero que intentó el ser humano cuando tomó consciencia de sí mismo: quiso trascender». Deberíamos calmarnos un poquito todos, en general. Estoy dejando tantas cosas que al final las que se queden van a ser la excepción. La escritura, por ejemplo, resiste. Hay algo raro en esa insistencia. Un tornillo que nunca acaba de enroscarse. Me temo que un escritor solo deja de serlo en el momento en el que escribe tan bien como le gustaría, y eso no ocurre nunca, con lo que nadie deja de ser escritor —por más que ya no escriba.
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Cuando Marcus Rashford está en modo killer, es mejor mantenerlo fuera del alcance de los niños. Un derroche de potencia, vértigo, desborde, explosividad. Sexo, violencia y llantas. El inglés recibe el balón en la banda, pone la primera, suelta el embrague y ya no hay manera de pararle. Todo energía. Tal vez demasiada. Porque si hay algo que llama la atención de su fútbol, más allá de las revoluciones, es precisamente esa falta de medida, cierto déficit de sutileza, como cuando te acercas mucho un dibujo a los ojos y las formas pierden el contorno. Rashford no es el tipo más técnico del vestuario. Tampoco el más goleador. Ni el más decisivo. Llegó al Barça cuando pensaba que esos trenes ya no pasaban, cedido y después de una temporada en el Aston Villa, un ajuste low cost para completar la plantilla, y desde entonces se ocupó de tapar toda carencia que pudiese manifestarse con sprints a 30 km/h y zapatazos desde cualquier distancia. Mis respetos. No es tan distinto a lo que muchos hacemos cuando se espera de nosotros algo que no sabemos si podemos dar: ofrecer más de aquello de lo que vamos sobrados. Un ejercicio de compensación. Si tienes hambre, pan no faltará en la mesa. Otra cosa es que quieras ostras o camarones. Por eso, lo que un aficionado siente cuando ve jugar a Rashford nunca será lo mismo que lo que siente ante prodigios como Lamine o Julián Álvarez. Se establece un vínculo que tiene que ver con la empatía, y que se fortalece con cada limitación del futbolista; es decir, cuando la voluntad le da para fabricarse una jugada estupenda pero no para cerrarla con el gol que decante una eliminatoria. Ayer, ante un Atlético gregario, Rashford y el Barça chocaron contra su propia mundanidad. Por más que quisieran, no fue suficiente. Y se despeñaron juntos al mundo de abajo, que es el nuestro. Allí donde tus deseos no son órdenes para nadie.
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Último episodio de la temporada🤎
La nueva protagonista de “¿Qué le quita el sueño a…?”, la sección de entrevistas de Medianoche en Comala, es Paulina Flores (@bucolicajjjjjjj ). De una escritora chilena que obtuvo el Premio Roberto Bolaño o que ha recibido los halagos de Alejandro Zambra solo podíamos esperar cosas buenas. Por ejemplo, un libro de relatos como ‘Qué vergüenza’, que nos explotó la cabeza, o dos novelas como ‘Isla Decepción’ (@seix_barral ) o ‘La próxima vez que te vea, te mato’ (@anagramaeditor ), de las que todavía conservamos la cicatriz. Durante mucho tiempo, pensamos que Paulina era un prodigio juntando palabras en un folio. Ahora sabemos que también lo es respondiendo preguntas idiotas, ordenando sus rutinas, recomendando autores que te pueden cambiar la vida, uniendo amor y política en una misma reflexión o haciéndote reír salvajemente. La verdad es que la charla fue una gozada. Da gusto cerrar las temporadas así: conversando con gente que ama tantísimo su oficio.
Con @sergiosms123 , @elanimonegro y @marceelus a los micros y @ardaesul y @max.maltas en las palancas, como siempre✌️
Gracias a #ràdiomaconda y a @bibgarciamarquez por esta primera y maravillosa temporada. Nunca habíamos grabado tantos episodios seguidos. Con eso lo decimos todo.
Y gracias a todas y a todos los que nos acompañáis desde el otro lado. La familia de Comala cada vez es más grande. Nos vemos, ojalá, en muy poquito🌵☺️
“Cuando me enteré de que Andrea había sufrido un paro cardíaco me quedé en shock”.
@ilie_oleart es el fundador de @lamediainglesa , una enciclopedia abierta sobre fútbol británico, un comunicador riguroso, una estrella de YouTube, un humorista en potencia… Y desde hace unos días, también, el autor de ‘Dieciséis minutos’, su segundo libro, en el que narra el viaje vital y deportivo de @andrea_orlandi_s . @marceelus charla con él en la redacción de Panenka para conocer todos los detalles del nuevo título de Panenka.
‼️ Comenta ‘amigo’ y te mandamos el enlace de la entrevista.
También puedes verla en nuestro canal de YouTube. Link en la descripción.
NUEVO ENTREVISTADO: MARTÍN CAPARRÓS (sí, ha pasado esto: Martín Caparrós en Comala)🥹🥹🥹
El nuevo protagonista de “¿Qué le quita el sueño a…?”, la sección de entrevistas de Medianoche en Comala, es @mcaparrosflc . Nacido en Buenos Aires en 1957, Caparrós es todas esas cosas geniales que a cualquiera de nosotros nos gustaría ser en algún momento de nuestras ordinarias vidas: poeta, cronista, viajero, pensador, novelista, artista, reportero, escritor. Enric González trató de describirlo hace unos años y dio en la diana: “Supongo que saben de quién hablo: un señor alto, calvo y con mostacho. Para mí, desde hace tiempo, el mejor periodista en lengua española”. Pues bien, ese señor alto, calvo y con mostacho nos abrió las puertas de su casa para que le preguntáramos por sus más de cuarenta libros publicados, el oficio de escribir, la muerte, el futuro, el arte, la militancia, los polvos que engendran a las personas y tantas cosas más. El resultado, si nos preguntáis, no admite tibiezas: un día que los autores de este podcast no cometerán el disparate de olvidar jamás.
[Por un imprevisto técnico, el audio no se escucha en máxima calidad hasta el minuto 37 de conversación. Pedimos disculpas, algunos botoncitos los carga el diablo]
🌵🫶EPISODIO YA DISPONBLE. LINKS EN LA BIO🫶🌵
Gracias a #ràdiomaconda y @bibgarciamarquez por el apoyo siempre.
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Decir que lo de Raphinha fue amor a primera vista sería mentir como un canalla. Hay relaciones que se prenden antes del primer beso y otras que florecen con el paso del tiempo. Raphinha llegó al Barça como un brasileño atípico, nada que ver con los Neymar, Ronaldinho, Romário, Ronaldo y compañía: pocas ganas de bailar, cero virguerías, gesto reconcentrado, más capacidad de trabajo que un panadero descargando la furgoneta a las cinco de la mañana. Su fichaje no le cambió la vida a nadie, pero conquistó a los espectadores ‘culers’ bocado a bocado, escribiendo una frase y después la siguiente, todo constancia y convicción. Así hasta que el mismo tipo que no tenía regate y que parecía que corriese para tapar sus carencias devino en capitán general del escuadrón y una garantía para luchar por todos los títulos. Hay futbolistas de los que te cuelgas por un gol de rabona, un sombrerito en la banda, un pase mirando el tendido. Raphinha te manda a estudiar las líneas de presión, el movimiento sin pelota, las ayudas entre compañeros, las ventajas del control orientado. De algún modo, te hace mejor aficionado al fútbol. Uno más instruido, más completo. Salta al campo como si siempre hubiera que acabar con algún monstruo, pelea las jugadas con voracidad juvenil, comanda el grupo al estilo de un hermano mayor y, cuando enfila el área, suelta disparos que cortan como navajas de afeitar. Es lógico que hoy los niños quieran ser Lamine Yamal. Siempre habrá luces que cegarán más que otras. Pero tiene su encanto que algunos de esos críos, algunas noches, ni que sea por un par de minutos, se pregunten si no estaría todavía mejor ser Raphinha. No sé explicar el motivo, pero hay algo en esa duda cándida que me reconcilia brevemente con el mundo.
Por estas fechas, en Instagram todo el mundo habla de años muy felices o de años muy duros, y yo me pregunto qué pasa con esos años que no fueron ni una cosa ni la otra, esos años que fueron «pse», «meh», «bah», «otro más». El declive de las medianías. Me asusta llegar otra vez a enero por el mismo motivo que no creo que ir al psicólogo sea un juego: en esos sitios uno se obliga a echar la vista atrás y localizar a sus demonios, y los que no distingue a primera vista lo acaban embistiendo por el camino. No me jode el paso del tiempo, me jode que el paso del tiempo me haga pensar en el tiempo. EL TIEMPO. Más que una palabra parece un obelisco. Llamadas en espera, colas en el aeropuerto, atascos en la Gran Via, alarmas programadas, correos pendientes, anuncios de YouTube. Escribía Piglia que la niñez es un tiempo sin tiempo, pero eso ya no ocurre. El otro día me cabreé conmigo mismo por no saber en qué año murió mi abuelo. Recuerdo su voz, su olor, sus camisas, pero faltaba la fecha, y se ve que eso era lo más importante. Por la noche estuve dos horas atrapado en el móvil mirando a gente cocinando arroces. Me gustaría que mi memoria fuera un palacio con los suelos recién fregados. Cerrar los ojos, abrir el fichero, empezar a sacar números y nombres y apellidos intactos y relucientes. Pero de momento hay que conformarse con los arroces. Soy la clase de persona a la que darle un sofá, un teléfono y un día libre es mucho más peligroso que darle un arma. Nos obsesionamos tanto con ser productivos que ya ni las vacaciones se nos dan bien. Con lo fáciles que fueron siempre, que no había que mirar ni una sola vez las instrucciones.
📸 @martyfont
La nueva protagonista de “¿Qué le quita el sueño a…?”, la sección de entrevistas de Medianoche en Comala, es Júlia Bacardit. Nacida en Barcelona, Júlia es autora de ‘El preu de ser mare’, ‘Un dietari sentimental’, ‘El Raval a deshora’ y ‘Corresponsal d’enlloc’, cuatro libros que perfilan algo más que una carrera prometedora como escritora. Una autora original e imprevisible que tanto es capaz de sumergirse en un arduo proceso de investigación periodística como de sacudirte con una confesión cruda de sus diarios, contarte un paseo nocturno por Ciutat Vella o marcharse a Bucarest a intentar aprender un oficio. Si todavía no se ha puesto con la ficción, dice, es porque sabe que es dificilísimo escribir una buena novela. Y solo por ese arrebato de sinceridad ya ha merecido la pena abrirle la puerta del estudio y dejar que @elanimonegro , @marceelus y @sergiosms123 la frían a preguntas. La mayor parte de esta conversación es en catalán (en YouTube y Spotify la encontraréis subtitulada).
Gràcies per la paciència i la confiança, @juliabacarditcruells 🥂 Benvinguda a #ràdiomaconda de @bibgarciamarquez .
🌵Entrevista ya disponible en nuestros canaaaaaaaaales. Links en la bio.🌵
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Cuentan que el festejo se inventó en Polonia, años 70, cuando los aficionados de algunos clubes querían protestar contra la gestión de sus dirigentes pero al mismo tiempo no dejar de apoyar a sus equipos. De ahí esa forma de colocarse en la grada, todos de pie, dando la espalda al campo y cogidos por los hombros, varias cadenas humanas meneándose como serpientes en movimiento. No se popularizó en el resto del mundo hasta más tarde, cuando los seguidores del Lech Poznań, en sus aventuras por la Champions, reemprendieron la coreografía, y las hinchadas rivales sacaron el papel de calco: la escena se replicó inmediatamente en estadios como los del Manchester City o el Celtic de Glasgow. La ‘Celebración Poznań’, así se conoce desde entonces. Hay algo conmovedor en ese danza impetuosa, con decenas de personas botando y sujetándose las unas con las otras mientras el balón rueda en cualquier parte, quizá en tu área o en la del enemigo, qué más da. Lo que emociona es eso: el gesto de no mirar el césped, como si el fútbol fuera lo menos importante del fútbol, como si el fútbol fuera muchas cosas antes que un juego, comenzando por una excusa deliciosa para juntarte con tu gente y celebrar aquello que os une, que puede ser poco pero a la vez lo es todo. Fútbol y amistad casan bien, como el tomate y la mozzarella. Tanto dentro como fuera de la cancha. He estado haciendo memoria y creo que puedo afirmar que nunca he perdido a un amigo por el fútbol. Al contrario. He sumado nuevos y he atado todavía más en corto a los que ya tenía. Por supuesto, me he discutido con todos ellos en alguna ocasión por culpa del balón, debates acaloradísimos, más épica que en la crucifixión de un santo. Pero las llamas se han apagado en cuestión de minutos, porque las peleas entre pacientes con la misma enfermedad jamás llegan al segundo asalto. Nos levantamos el dedo, subimos el tono, nos ponemos demagogos, soltamos una risotada irónica, y al cabo de un rato, nada, el rollo de siempre. Como esas familias desbordadas de sentimiento que acaban una cena lanzándose la comida a la cabeza y a la mañana siguiente cargan juntas la compra del supermercado.
Texto publicado en @revistapanenka .