Llevo meses en los que, antes de un concierto, nunca tengo ganas de salir a cantar.
Nunca lo había dicho en público, y en privado casi tampoco.
No sé muy bien de dónde viene. Supongo que es una mezcla de muchas cosas: la falta de motivación por jugar a un juego en el que el entorno artístico ya no se parece a lo que me hizo empezar, el fast food y el corto plazo, haber perdido las ganas de ser protagonista o de exponerme… y también la pérdida de mi madre.
Todo esto me ha afectado más de lo que me gustaría reconocer. He descuidado muchas cosas que rodean a lo que hago, salvo el estudio, que es el único sitio donde sigo disfrutando de verdad. Y se nota: en lo que proyecto, en mi equipo, en la gente que trabaja conmigo… que me ve desconectado, cuando debería ser yo quien empuje y motive. Y desde hace tiempo, está siendo al revés.
Pero esto no es un post triste.
Porque siempre entro al escenario con esa sensación… y siempre salgo con otra.
Igual que yo nunca sabré del todo lo que mi música os ha podido ayudar en ciertos momentos, vosotros tampoco sabéis lo que me habéis ayudado a mí.
También a toda la gente que trabaja conmigo, que incluso en este contexto sigue estando ahí, dando lo mejor.
El otro día en el
@festivalrocanrola sentí exactamente eso.
Es frustrante sentirse así por dentro y, al mismo tiempo, llevar meses sin ser capaz ni de llorar, como apagado. Pero mientras cantaba esta canción al final del concierto, me emocioné de verdad. Lo disimulé —ya soy perro viejo—, pero estuve a punto de romperme ahí mismo.
Por todo esto, quería usar —como dice Natos— la palabra más bonita de nuestro idioma:
Gracias.
“No era consciente de que mi música os salvaba, tampoco vosotros de que lo mismo me pasaba.”