Hoy estaba triste y volví a nadar.
Es curioso el concepto tan diferente que tenemos de lujo. Para mí, ahora, es esto: la desconexión, la pausa, poner el mundo en espera, priorizar lo que me sienta bien.
Siempre —o casi siempre— tengo la sensación de que no estoy haciendo lo suficiente, que debería ser más productivo, poner más cosas en redes sociales, hacer networking, ser más fashion, mostrarme más, mostrarme diferente, ser más transparente, no serlo tanto… y un largo etc.
En la alberca, en ese rato en concreto, lo que me pasa es que dejo de sentir todas esas cosas. Todas. Ni una sola se queda en mi cuerpo.
Pasar un rato conmigo, me da poder, me hace sentir bien.
Solo quería dejarlo aquí por escrito porque quiero hacerlo más. Hacerlo más porque me gusta. Y porque hay que abrazarse a los refugios bastante fuerte. Sean personas o lugares.
Bailo y canto mucho, estoy en paz. Casi todo me parece bien: también quién se va y quién se queda.
Entiendo las ausencias y he aprendido a prestarles poca atención. Concentradísimo en recibir cariño. Ya no salgo corriendo; solo me quedo quieto y pongo un vinilo y todo se vuelve un lugar acogedor. Que venga quien quiera.
Tengo la mejor playlist del mundo.
Y, por ahora, no necesito mucho más.
Podría afirmar, sin excesivo miedo a equivocarme, que soy más feliz así.
UN ESCRITOR X SUERTE
He intentando ser otro y no he podido, yo solo quería escribir un guion y estoy aquí sentado mientras me ponen iluminador.
Miro a la gente con mentes y futuros claros, y nunca entiendo por qué no logro ser así. Saber qué quiero hacer, hacia dónde ir. Por supuesto, esa gente llega antes a su futuro deseado. Yo me encontré con uno después de probar un millón de caminos diferentes. ¿Cambiaría sus vidas por la mía? Nunca. No porque crea en la suerte, sino porque no quiero dejar de creer en ella.