Cuando era niña, Sonia jugaba en el suelo de su casa en el barrio Manuela Beltrán, en Cali. De pronto sentía los dedos suaves de su abuela María posarse en su raíz y empezar a trenzar: una, otra, y otra más, pegadas al cuero cabelludo, dibujando líneas precisas. Mirándola, aprendió el gesto y lo hizo suyo: más tarde trenzaría a su abuela y también a sus muñecas 👧🏿
A los dieciocho, la hegemonía del cabello liso, alimentada por la industria cosmética y la blanquitud como norma, terminó imponiéndose. Recuerda las burlas en el colegio, dirigidas a ella y a otras chicas afro: “peli dura”, “pelo de estropajo” 🚫
En su barrio, en los noventa, era común ver a mujeres negras con el cabello alisado, incluida su madre. Muchas usaban un ungüento casero de soda cáustica con aguacate que borraba la textura espiral. Entre los quince y los dieciséis años, Sonia decidió probarlo. Encerrada en el baño, lo aplicó con cuidado. Su afro desapareció: amaneció con una melena lisa y con llagas en la cabeza por el contacto con el químico.
No fue hasta migrar a Chile, años más tarde, que inició el regreso a su afro natural. Un proceso lento que, con el tiempo, se convirtió en su oficio: hoy acompaña a otras mujeres en ese camino de retorno 🤎
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✍️ por Javiera Paz Fernández
📸 por
@valentinabird
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