En el umbral del alba, un héroe despierta,
con ojos de niño y alas de mariposa,
forjado en batallas de luz y de sombras,
donde el tiempo danza y la realidad se desposa.
En la travesía, un dragón de estrellas guía,
y el héroe camina entre nubes y espejismos,
donde cada cumpleaños es un portal de magia,
y el mundo se despliega en un sinfín de abismos.
A veces la lógica se desvanece en el viento,
y el héroe se encuentra con estrellas que hablan,
en un mundo donde lo imposible se torna real,
y la fantasía y la épica se entrelazan y se abrazan.
En los susurros de un bosque encantado,
el héroe descubre caminos de luz y de misterio,
donde cada destello es un sueño y un destino,
y cada paso, un eco de un canto etéreo.
Así, en este viaje de ensueño y de luz,
el héroe avanza, entre lo épico y lo incierto,
y en cada cumpleaños, un nuevo universo,
se despliega ante él, en un canto abierto.
En la incongruencia de los sueños y los días,
el héroe halla belleza en lo inverosímil,
y en cada instante, en cada paso,
teje su leyenda con un hilo sutil.
La ciudad parecía distinta con él cerca. Más líquida, más viva. Como si cada farola respirara y las ventanas le guiñaran un ojo.
Las calles se alargaban como si quisieran quedarse a escucharle pasar.
Le llamaban de muchas formas—ojos Sanpaku ,chico malo de ensueño , el del ala torcida—pero yo recuerdo que una vez susurró que se llamaba como un poema olvidado, y eso me pareció suficiente.
No buscaba gloria, ni amor, ni siquiera redención.
Buscaba algo más suave, más secreto.
Un rincón donde pudiera sentarse a no ser nadie sin que el mundo se lo preguntara.
Y cuando desaparecía entre las calles—que para entonces ya no eran calles, sino ríos, o escaleras, o hilos de humo—uno se quedaba con la sensación de haber tocado algo sagrado. O al menos real, en su manera imposible.
No sé si alguna vez encontró su lugar.
Pero desde que lo vi, la ciudad no volvió a mirarme igual.
Camine a través de distintos escenarios por meses. Mientras una voz lejana se escuchaba en mi cabeza.
“¡Corre hasta el fin!” Me decía una y otra vez. Mientras que yo solo observaba mi cabello crecer y mis manos cortar.
(…)
Un día la voz lejana me alcanzó y con ojos amorosos y una golpiza de realidad me extendió sus manos y yo le abracé.
“Al centro de la valva está la la puerta más pequeña de la cornucopia; entra y no vuelvas”.
Me susurró al oído con un eco ensordecedor.
Cuando atravesé el umbral sabía que era el mismo lugar donde comenzó mi viaje, solo que esta vez todo se sentía diferente.