Entre los 6 y los 10 años, debo haber jugado cientos de partidos de fútbol frente a esos silos, con una Tango divina que tenía el Juano, al lado de las vías y de la estación, parando cada vez que pasaba el tren y la zorrita. Cada siesta de verano y después del cole cuando había clases. Hoy juegan mis hijas en ese mismo lugar. Qué hermosos son los pueblos… o cómo decir que nos vamos poniendo viejos sin decirlo.