En la vida, es necesario morir millones de veces para volver a empezar. Hay que despedir amigos que ya no vibran con nuestro espíritu, amores que llegan a conectarnos con nuestras lecciones más kármicas, más profundas y lugares que tenemos que abandonar para no perdernos a nosotros mismos.
Debemos dejar que todo se rompa, qué todo se dañe. Debemos dejar que nazcan en cada uno de nosotros millones de flores que adornarán nuestro propio camino.
Debemos perdonar y perdonarnos, como un acto de amor hacia nuestra propia existencia. Hay que agradecerlo todo, hay que sonreírlo todo, bailarlo todo, cantarlo todo.
Sin duda, las lágrimas nos enseñan, que todos, nos romperemos igual. Y qué en parte, todos estamos rotos pero completos.