De lo ocurrido el miércoles 10 de septiembre en Santa Marta, Iztapalapa
De lo que es /ser/ habitante(s) del oriente
Iztapalapa es la alcaldía más grande poblacionalmente de la Ciudad de México, es tan grande nuestra población que se nos trata como si fuéramos desechables.
Pese a que lo que sucedió fue un evento repentino, no se puede decir también así que fuera inesperado, qué se puede esperar en un lugar de la ciudad donde lo normal es transitar entre baches y que las calles se parten por la mitad, donde nunca hay agua y donde se permite transitar a quien sea como sea porque a nadie le importa. El oriente es un lugar tan abandonado por el estado y por la sociedad que, para vivir, sus habitantes tienen que salir de él todos los días 2, 3, 4 horas antes de la entrada para llegar a sus trabajos y escuelas, para reunirse con sus amistades que nunca vienen a verles porque dicen que aquí es muy peligroso y está muy feo. Y salimos, aunque nos tengamos que bañar con charola porque no hay agua, salimos aunque la calle esté oscura, salimos esperando que el camión o la combi no choque, que no nos asalten, que no nos maten, salimos pensando en los que ya no van a regresar, y salimos con todo eso encima porque sin la gente del oriente no se mueve la ciudad.
Las personas heridas y fallecidas a causa de la explosión en el Puente de la Concordia no son una cifra, no son un punto más en una lista, son y eran nuestra gente, compañeros, vecinos, amigos, familiares, personas que todos los días se movían de extremo a extremo porque aquí no hay oportunidad, personas que habitan Santa Marta, Santa María, San Sebastian, Chalco, Valle, Ixtapaluca [...], víctimas de un sistema que les olvida por habitar las orillas y que cobra con sangre transitar por aquí.
No olvidemos ni permitamos que olviden a nuestra gente, a los que ya no están y a los que estamos, que sepan que el oriente duele y que se está cayendo con todo y la gente que sostiene a ésta ciudad.