Constantemente revisamos nuestra forma de enfocar los proyectos.
Recuerdo hace unos cuantos años, antes de montar mi propio estudio, mi jefe en ese momento nos pedía buscar el WOW en cada proyecto: algo que impresionara al cliente, una esquina donde hacer la foto para subir a las redes, colores o materiales poco vistos,…nunca comulgué con esa filosofía. Con el tiempo me he dado cuenta que no es que no supiera hacerlo si no que era radicalmente opuesto a mi forma de concebir los espacios.
Cuando diseñamos una casa o cualquier lugar pensamos en espacios para vivir, no para posar. Nuestros proyectos no buscan impresionar. No imponen, interpretan.
Antes de empezar a dibujar, preguntamos cómo viven y qué necesitan, qué merece tener más presencia y qué emociones debe transmitir ese espacio. Buscamos una belleza serena y funcional, proponemos materiales honestos y decisiones que nacen de la escucha.
La belleza solo tiene sentido si mejora la experiencia del día a día: descansar mejor, diseñar cocinas donde realmente se cocina, mesas que invitan a sobremesas eternas, espacios donde trabajar con menos tensión, materiales que envejecen con gracia…
Para nosotras un proyecto es un marco para la vida, un espacio que refleja a quienes lo habitan, alineado con su forma de ser y capaz de acompañar sus etapas futuras.
Un espacio no es un escenario para ser mirado, sino un lugar para ser vivido.
📷 @inmarbi
DEMOLICION
Esta fase tan cruda, tan honesta, es emocionante. Es el momento en el que la casa se vuelve un lienzo en blanco y todo es posible.
Aquí empieza la transformación.
*Rehabilitación de vivienda en Colonia Primo de Rivera, Madrid.
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INSPO
Rudolph M. Schindler diseñaba casas que eran casi templos domésticos, donde cada muro, cada mueble y cada rayo de sol se entendían entre sí.
En la Casa Schindler (1922) los techos bajos de secuoya se cepillaron con alambre para realzar su veta; los diminutos baños con bañeras y encimeras empotradas son tan oscuros y silenciosos como habitaciones de monjes, y cuentan con tuberías industriales abiertas que brillan bajo el sol que se cuela a través de elegantes pero modestos tragaluces; las generosas puertas correderas, que recuerdan a las mamparas japonesas, se abren, invitando a ese brillo del sur de California; las chimeneas están coronadas con láminas de cobre que han madurado como un fermento ancestral. Estos detalles se combinan para crear impresionantes vistas interiores con una energía que evoca un retiro monástico en la montaña.
Su mobiliario sigue esa misma lógica: muebles cuadrados, piezas de madera sin tratar, lona natural, ensamblajes visibles… que fueron diseñados expresamente para este lugar, como extensiones móviles de la arquitectura misma.
Schindler se formó en Viena, donde aprendió de maestros como Adolf Loos la importancia de la sinceridad en los materiales y las formas simples. Más tarde trabajó en Estados Unidos con Frank Lloyd Wright, de quien tomó la idea de una arquitectura orgánica, integrada con la naturaleza. De esas dos influencias —la claridad vienesa y la sensibilidad natural de Wright— nació su estilo propio: moderno, libre y profundamente humano.
Nos gusta pensar en la puerta no solo como un elemento material estético, si no como un portal, una transición entre dos dimensiones. Un lugar de paso que dialoga entre el exterior y la intimidad
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