Me regala mi amigo la palabra porque a veces la gente oye o dice una palabra y piensa en mí y en mi tontuna de los domingos. Es bonito eso. Dice mi amigo que encandilarse es lo que les pasa a los conejos en la carretera, que se quedan quietos mirando una luz. Yo jamás hubiera llegado a ese significado, qué cosas. Encandilar es deslumbrar, hasta ahí estamos de acuerdo. Un deslumbrar a la luz de un candil, que siempre es más bonito que una bombilla. Encandilar es antiguo. Anita Ozores está encandilada. Yo me voy al sentido metafórico más tierno, lindo y romántico y mi amigo al literal. Una vez más, la magia de las palabras. Y mira que él domina la fantasía mucho más que yo, es su hábitat, pero es que cada uno forma su vocabulario con la experiencia y yo he visto pocos conejos parados en mitad de una carretera, en cambio he leído, visto, soñado y escrito muchas anitas ozores. También hablamos, mi amigo y yo, de otro significado, pero no puedo contarlos porque lo he retado a escribir una novela con ello. Así somos. A otros puedo retarlos a buscar sinónimos, rimas, a contar sílabas y ordenar letras, pero a mi amigo siempre lo retaré a escribir novelas. Por él y por mí. Porque sus novelas me encandilan, me dejan parada en mitad de sabe Dios dónde, con la vista fija en sabe Dios qué. Y, aunque encandilar también puede ser engañoso (como un prestidigitador que te pone luces delante para que no veas la carta que ha sacado del bolsillo de su chaqueta), tengo la sensación de que quien te encandila no esconde mal, es más bien un acto inconsciente, como aquel dibujo animado que decía lo de “no soy mala, es que me dibujaron así”. Hay personas que encandilan sin querer. Si quieren, si buscan el engaño, deslumbran, pero no encandilan. No sé por qué últimamente me empeño en buscar la moral y la ética de las palabras. Sus intenciones. Como si dependiera de ellas y no de quién las usa o de quien las escucha. No caigas ahí, Chiki. A ver si al final esto de bucear en una palabra cada domingo te va a encandilar y te va a dejar quieta, parada en mitad del camino, sin poder apartar los ojos de las letras.
(Con mucho amor para mi amigo, claro)
#palabras #chikificados
Hay algo mágico y necesario en las esperas. Creo que uso demasiado la magia como explicación, serán mis lecturas y mis escritos, que me tiñen el pensamiento. Alegraos, mejor eso que las románticas maluchas que leo últimamente. Pero no, no es magia, es solo la naturaleza, que es muy lista. Tejer un gorro, una manta, recolectar libros de amigas, buscar el peluche más suave... Tiempo para que el cuerpo se acostumbre, para que la mente procese. Una caja grande, porque tejeré más, buscaré más, recolectaré más. Si los cambios llegasen de golpe no sabría qué hacer y, sobre todo, no entendería la excepcionalidad y el milagro. Y esto vale para mi nieta, para una novela, para un guiso espectacular de los que me regala Carlos cada poquito, para un poema en el que cada palabra sujeta sobre sus hombros un mundo. Igual es un pensamiento antiguo y rancio, yo qué sé, pero los logros instantáneos son como los flechazos, un suflé que sube mucho y luego solo es aire. Un merengue. Un buñuelo. Me he despertado con hambre. Y, ojo, que también es bueno llevarse una alegría de vez en cuando sin perder las uñas en el intento y esos regalos hay que valorarlos, pero yo abrazo la paciencia como forma de vida. Tengo muchos defectos, pero la impaciencia no es uno de ellos. Sé esperar. Quiero esperar. Casi diría que lo que no sé es recibir lo imprevisto y asimilarlo. Necesito meses para llenar mi cajita, necesito tiempo para escribir una historia, necesito ensayos para pronunciar un discurso. Hago poco, pero lo que hago lo hago bien. Creo. Quiero creer. Pensaba que al hacerme vieja tendría prisa, que tomaría conciencia de la caducidad y querría aprovechar cada segundo, pero qué va, solo quiero que la vida me vaya mostrando paisajes como en un tren de vapor, que el AVE está bien para llegar a destino, pero no para disfrutar del viaje.
En fin, que yo quería enseñar que he tejido una mantita monísima y un gorro que solo he destejido dos veces hasta encontrar el patrón definitivo y me he enrollado como si no tuviera prisa, como si alguien, tú, tamibén quisiera leer la crónica lenta de un nada y paladearla.
Le hablo a Begoña de algo que tal vez escriba. Estamos tomando café en un sitio acogedor, con mesas camilla, y al contar una parte de mi idea me sonrojo. A mis alumnos les explico que los narradores no deberían decir "me he sonrojado" porque no lo ven. Ya no se lo diré más, prometido. Disimulo y Begoña sonríe: "te has sonrojado", dice. Niego, como si no supiera de qué habla y entonces me sonrojo más (lo sé, lo noto). Me habla de un libro que tengo que leer, que va a gustarme. No es lo mismo, pero tiene cosas en común. Olvido anotarlo y luego olvido preguntarle. Pasan las semanas y nos encontramos en un acto de esos a los que vamos muchos escritores y que son maravillosos para achuchar, besar, abrazar, reencontrar. "Qué bien que has traído bolso grande", me dice. Y lo sé. Antes de que lo saque y me diga que si recuerdo lo que hablamos, ya sé que me ha traído el libro porque hay personas que se dan en gestos. Guardo el libro en mi bolso grande cuando en realidad quiero ir corriendo a casa para leerlo o esconderme en alguna esquinita sin que nadie me vea y echar un ojo. No lo hago, aún no me he vuelto tan... Tan loquesea. Los días me arrollan, porque últimamente los días me pasan por encima, hasta que por fin puedo abrirlo y lo primero que encuentro es que las secuencias de texto están separadas por dibujos diminutos de pájaros. Mis amigas y los pájaros, qué cosas. Los alimentan, los versifican, los observan y los amaestran. Y me paro y hago una fotografía porque adoro cuando algo pequeño, una conversación casual frente a un café, deriva en otra cosa y luego otra y... Y al final todo está relacionado. "Es muy temprano para ser tan moñas" escribí el otro día. ¿Qué culpa tengo yo de que la moñez madrugue? Igual ella también es un poco pájaro.
Caricia es una palabra que acaricia. Tiene que haber un nombre para esta figura (menuda filóloga de pacotilla que estoy hecha). Caricia es refugio, es calma, es entrega, porque no hay caricias feas. Si un roce molesta, ya no es caricia, si incomoda tiene otro nombre, el que sea en cada caso, pero no es caricia. Las caricias no son como esos bichos de los videojuegos que evolucionan y se convierten en algo grande, anguloso y desagradable. El beso puede mutar, el sexo puede incluir mil enfoques, un abrazo puede ser prisión sin entender cómo ha pasado, pero la caricia es siempre un acto de entrega, de poner el bienestar de alguien por delante, de paciencia, nunca hay urgencia en una caricia. Es un refugio. Hay palabras que acarician, miradas que acarician, caricias metafóricas y caricias literales. Pero siempre son bien recibidas (insisto, si no, da igual la intención, no son caricias. No en mi lengua. No en mi diccionario). Tengo muchas mantas en el sofá, demasiadas posiblemente, pero solo una acaricia. Otras abrigan, pesan o son ligeras, son suaves… Acariciar, solo una. Algunas personas también son caricia. No es que acaricien, que también, es que ellas mismas son un roce en ese lugar profundo e inencontrable que te hace sentirte mejor solo con pensarlas. Esas personas deberían estar financiadas por el estado. ¿Usted a qué se dedica? Soy acariciadora. Y que se le abrieran todas las puertas y se desplegasen alfombras. Claro que es posible que lo que a una persona la acaricia a otra la arañe. Soy la acariciadora de Benita, la del 4ºB. Tal vez hay un hilo, rojo no, que ese ya está pillado, un hilo transparente y suave que nos une con la persona destinada a acariciarnos. Ay, creo que podría escribir una historia con esto. También creo que yo sería buena para recibir caricias. Porque también para eso hay que valer, para estar al otro lado del hilo y franquear el paso a ese lugar tal vez no tan inencontrable.
(NOTA: La culpa es del hilo con el que estoy tejiendo, que se llama así, caricia, pero es mentira, solo es extremadamente suave)
#palabras #chikificados
Me hizo la entrevista Virginia Gómez y me sentí tan cómoda que creo que le conté mi vida. Menos mal que ella, que es periodista de bolígrafo y libreta, supo sacar lo importante de aquel batiburrillo de palabras y de ideas.
Hay palabras que no dicen nada. ‘Cosa’ es una de ellas, de hecho, es la reina de las palabras vacías. Lo decimos en los talleres, los correctores de estilo… Es tan abstracta, tan impersonal, tan corrientucha que nos quema en los dedos al teclearla. Sin embargo, ha salido peleona. A codazos se ha hecho un hueco y yo la admiro por ello, por sobreponerse a esa manía de buscar siempre lo único, lo unívoco y hacer suyas un montón de expresiones que no tendrían sentido sin su presencia, pese al vacío. ‘Me da cosa’. Eso no hay otra forma de decirlo, al menos no con tanto significado. Dos personajes, por lo menos, la usan como nombre (Tío Cosa, de los Adams, y La Cosa, el superhéroe). Y Cosica, un monstruo de un cuento de Laura. Que, si ‘cosa’ tiene personalidad, ‘cosita’ o ‘cosica’ ya son para abrazarlas. Los diminutivos son abrazables casi todos. Qué cosas. Ah, mira. Otra. Esta yo la uso mucho y creo que tampoco tiene un peso como para aplastar los pulmones de tu interlocutor, pero cumple su cometido. Que tú dices: ‘desde que lo conocí, todos los azules me hablaban de él’ (lo leí ayer en un libro de Alba y sigo un poco ahí) y ya lo has dicho todo, has aplastado los pulmones de quien te escucha, sobre todo, si es el de los ojos azules y sabe que hablas de él. Pero añades: ‘Qué cosa, eh’ y no puedes evitar sonreír y rebajar la tensión. Yo soy muy de rebajar tensiones diciendo tontás. Puede que sea eso, que acostumbrados a que todo diga, todo pese, todo signifique, llega ‘cosa’ con su ligereza y su poca ambición y nos deja respirar. Nos arranca una sonrisa, que no es poca cosa.
#palabras #chikificados
Menuda maravilla. Soy muy afortunada por tener amigas que escriben tan jodidamente bien. He paseado por el Madrid de Amadeo de Saboya de la mano de una narradora cercana, juguetona, una narradora que conoce su poder y juega con mi atención. Ahora quiero volver a esas calles y a mis libros de historia. Quiero saber más, se me ha hecho tan corto. Quiero abrazar a dos chiquillos de diecisiete años que podrían haber cambiado el mundo. Que, de alguna forma, lo han hecho.
Insisto: qué maravilla.
Buff, qué día. Claro que, con @laura_vila_m a mi lado, no tenía dudas. Se me han agotado las Leyendas, hay un montón de Tama Puia durmiendo en casas mañas, qué buenísima mañana de firmas. Luego Laura y yo hemos comido en la Tierra Media, hemos comprobado que ella es aire y le he robado cucharaditas de un tiramisú extrañamente humeante. Ha sido maravilloso ver a tantos amigos, @silvia_aliaga_@bruno.en.serio@campoyana ... Recibir la visita de @eusebiolaragomez y @yolandacajalopez , (la mejor foto). Poner voz y piel a @tatianamarcomarin y @andreschueca , achuchar aunque solo fuera un segundo a @begona.oro , ver cuánto ha crecido Aurora y qué bonitas son Pilar y Karol. @librotecaelgatodecheshire es casa (gracias) . Abrazar a @nandolopez_autor y notar en ese abrazo cuánto cariño nos tenemos. Soy muy afortunada. Vuelvo cargada de libros, de ganas, de sonrisas. Cansada, claro. Con la sensación de no haber visto apenas a la gente (@africavazquez.escritora , cuando he querido ir a verte se acercaba peligrosamente la hora de mi tren de vuelta), y al vez con la alegría de haber compartido ese ratito.
Gracias, Laura, por decir "vamos juntas". Y por ser la mejor compañera. 💚 Zaragoza, qué bonita eres y qué ganas de encontrarnos de nuevo.
📖 «Vivimos en la era de la inmediatez y el libro necesita un proceso mucho más lento. En la mayoría de los casos, acelerar ese proceso implica una pérdida de calidad.»
Nuestra querida Chiki Fabregat, entre anécdotas y buenos deseos, reflexiona sobre los tiempos del libro.
🔗 Ya puedes leer el artículo completo (Link en Bio).
Cuando publiqué mi primer libro, hace diez años, Karol me dijo que podía ir a su librería a presentarlo si quería. Supuse que era el típico ofrecimiento de compromiso, así que di las gracias (espero) y lo dejé pasar. A veces soy borde sin querer, Laura lo sabe bien, porque no quiero molestar. (Terapia, me falta terapia). Con cada libro, Karol me ha dicho algo parecido a aquello y siempre lo dejo pasar porque quién soy yo. Incluso vino a verme y a presentarme a su adorable hija en la feria del Libro de Madrid y me repitió ese "ya sabes, cuando quieras". Pero nada. Con Tama Puia, me escribió, me dijo cuánto le gustaba, lo recomendó en el País... Y aun así, cuando me ofreció ir a firmar en San Jorge, estuve a punto de hacerme la despistada. Menos mal que Laura Vila me dijo: vamos juntas. Todo esto para contaros que sí, que estaré en San Jorge, en la Libroteca del gato de Cheshire. Con Karol. Con Laura. Ignorando mis complejos y disfrutando del día. Y menudo cartel, no lo miro mucho para no acomplejarme más. Así que podéis venir a verme y darme amor, que esto es todo un hito :-)
Tripa. (Trapa, trepa, tropa, trupa). Vaaale, hay un poquito de trampa porque ‘trupa’ no está en el diccionario, pero… digamos que hemos españolizado la 'troupe' francesa. ‘Tripa’ suena a infancia. Como ‘barriga’. Tan lejos de ‘estómago’. Hay muchas palabras que se pronuncian con voz de niña en mi cabeza. Es que mirad la diferencia entre ‘caca’ y ‘excremento’, entre ‘chuche’ y ‘golosina’. Con los años la tripa deja de gustarnos, porque ya no señala esa parte del cuerpo que te duele cuando necesitas mimos o que te acaricias en círculo cuando tienes hambre. Al crecer, al aprender que hay más cosas en la vida que mimos y juegos, la tripa se convierte en el enemigo a batir. Me hace tripa. ¿Es esa la frase que marca el paso a la adolescencia? La de algunas personas, seguro que sí. Cuánto daño nos hacemos. También recuerdo que antes de la bendición que supone la menopausia, hablaba de dolor de tripa para referirme al dolor menstrual. Soy de otro tiempo, el de los eufemismos en femenino. Nunca quiero quitarme años, nunca retrocedería porque cada minuto vivido es mío y me niego a renunciar a uno solo, pero, ay, esas pedorretas en la tripa, junto al ombligo, que se convertían en lágrimas de risa. Ahí sí volvería un ratito. Echar las tripas, revolverse las tripas, hacer de tripas corazón. Destripar. También recuerdo la primera vez que me mandaron las tripas de un libro. ¡Guau! Dice el diccionario que es una palabra de origen incierto y eso la hace aún más bella, porque la incertidumbre es una puerta a la imaginación. Onomatopeya del hambre, pero solo en gente fina, al común de los mortales nos suena como el rugido de un león enfadado. O la hermana gemela de Trop. Trop y Tripa, que no son ardillas. Aunque mejor no tocamos las familias, no sea que venga doña Panza a reclamar custodias compartidas.
#palabras #chikificados
Qué barbaridad este libro. No es histórico, lo dice su autora, pero qué ganas de ir a ese momento imposible de la historia, a ese desierto, a esas ciudades. Es histórico, sin serlo, es fantástico sin alardes ni fuegos artificiales. La historia envuelve y los personajes son reales, se palpan. Pero, ay, la prosa. Qué prosa. Qué forma de narrar, de elegir cada palabra, de construir un fraseo que acaricia. No debería sorprenderme que un libro está magistralmente escrito y, sin embargo, lo hace. Qué merecidísimo premio Minotauro.