Hace un tiempo entré a estudiar peluquería con miedo y mil dudas.
En este camino descubrí que cada cabeza es una historia y cada cambio de look, un acto de confianza. Aprendí técnica, colorimetría, cortes, visagismo. Pero lo que más me marcó fue entender que no solo transformamos cabellos: ayudamos a que la gente se mire al espejo y se reconozca más linda y más fuerte.
Hubo días de frustración, mechones que no quedaron como quería, y noches estudiando tendencias hasta tarde. Pero cada error me enseñó paciencia y cada cliente que dijo “gracias, me encanta” me recordó por qué elegí esto.
Toda la gente que conocí en el trayecto, compañer
@s de clase, modelos que confiaron cuando recién partía, colegas que me apañaron con tips y buena onda. Ustedes hicieron que las jornadas largas dieran gusto y que los nervios se transformaran en risas. Gracias por las conversas, el desorden, los “¿cómo te quedó?” y por celebrar cada logro chico como si fuera gigante.
Y nada de esto habría sido posible sin mi familia y profes, gracias por la paciencia infinita, por corregir sin juzgar, por compartir sus años de experiencia y por enseñarme que la peluquería también es escuchar, empatía y arte. Llevo un pedacito de cada uno en cada trabajo que hago.
Hoy, no solo sé de peluquería. Sé de resiliencia, de crear belleza desde lo real y de acompañar. Y recién estoy comenzando....