Volvíamos a casa juntos, de la mano. Estábamos enfadados, yo había hecho alguna de mis travesuras y el castigo, del que ya ni me acuerdo, me pareció desproporcionado. Tendría unos 5 o 6 años, ya que todavía no os habíais separado. Tu cazadora olía a cuero viejo y tus manos a tierra del jardín. Andábamos por la calle a la sombra de los árboles y yo no intentaba más que zafarme. Llegamos a casa y tonto de mí, tuve que dejarme convencer por la abuela para desenfadarme y perdonarte. Aquella tarde estuviste arreglando el jardín hasta la noche y yo me pegué a ti haciendo como que ayudaba. Y tú con tiempo para todo.
No sé si fue un sueño pero es el recuerdo más vívido que comparto contigo. Tu presencia y mi reticencia. Tú, enfadado... o quizás triste; y yo, cerrado en banda. Creía que definía muy bien nuestra relación pero ahora me doy cuenta de que efectivamente, así es. Siempre aguantaste a mi lado, siempre me quisiste con todo, a pesar de mi reticencia, de mis injusticias. Y tardé mucho en darme cuenta, pero estos días le están dando nueva forma a este recuerdo, le están asociando nuevas emociones, diferentes, fantasmagóricas. El trasplante te dio una segunda vida. Déjame darte la tercera.
Hace mucho tiempo que no me daba por escribir y se me nota. Reescribo las frases, las
borro. Las vuelvo a escribir. Cuesta centrarse en la idea que hace tan sólo 2 minutos me
rondaba la cabeza. Tan nítido el recuerdo como dudosa mi capacidad de plasmarlo. Pero
hoy no me importa, me conformo con perseguirla. Esa ocurrencia escurridiza que me vacila,
ignorante del placer que supone para mí teclear la persecución.
Como iba diciendo hace años que no escribo, que no me siento, impulsado por la inquietud.
Los perros ladran a lo lejos y alguien llama al teléfono. Todo para alejarme de mi esfuerzo.
Todos compinchados para evitar que os enumere las excusas que he amasado a lo largo de
los años.
Agua pasada. Aquí estoy. Frente a la página en blanco. Y qué gusto. Con cada nueva frase
es más fácil descubrir la siguiente. ¿No decía Miguel Ángel que él simplemente descubría
las esculturas que ya se encontraban dentro del bloque de mármol? ¿No estoy yo
enrollándome con la misma chorrada? Lo suficiente para que vuelva la idea, la muy esquiva,
que nunca se había ido ya que de todo esto iba el tema. Mis manos se empiezan a
apoderar del teclado poco a poco, o puede que al revés. El caso es que el ritmo de escritura
se va acelerando y con él tenemos que intentar mantener el ritmo de la propia narración,
sentir la celeridad del meollo en el que nos vamos a adentrar porque poco sabemos de él y
no nos esperamos cuan loco se puede poner el asunto si nos sumergimos así, a la ligera.
Un temblor sutil me ha empezado en las muñecas y se empeña en avanzar hasta las puntas
de los dedos. Los muy canallas empiezan a desobedecerme y hablar de esas cosas raras
que les gustan como el tacto, el agua caliente, la piel de gallina y las superficies ásperas
pero suav... Y yo que no tenía suficiente con perseguir mi propia idea y ahora tengo que
poner en vereda las de estos retorcidos. Menos mal que ya estamos aquí. De no ser por la
luz extraña que entra por todas partes, diríais que es un sitio como cualquier otro. Pero sin
duda es diferente a lo que me esperaba. Tiene ese je ne sais quoi del típico lugar que
intenta sorprenderte y aún así consigue hacerte sentir como en casa.