No me caracterizo por hacer estas cosas, pero creo que vale la pena. Vale la pena detenerse, agradecer y entender la locura que fue este año. Yo lo defino como “la vida del migrante”: ser camaleónico, evolucionar, modificarte con los procesos, con el dolor, con la alegría, con la euforia y también con el odio.
Este año empezamos de nuevo por segunda vez, y solo Dios –si es que existe alguno–sabe la montaña rusa que ha sido. Amigos que ahora son familia, sueños de toda una vida realizándose, muchas videollamadas y el corazón distribuido en pedacitos alrededor de todo el mundo. Pasamos de no saber dónde vivir, de estar botados en la calle bajo la lluvia con mi hermano sin tener un lugar donde dejar siquiera una maleta, a estar en un sitio que poco a poco vamos llamando hogar. Miles de situaciones, miles de sentimientos, condensados, vividos y aprendidos en un solo año. Pero si algo me queda claro es que lo repetiría una y mil veces, porque eso soy y eso seré siempre.
Hoy tengo más ganas, más hambre y estoy más preparado que nunca en mi vida. El 26 es nuestro, porque así está escrito. Desde el amor y desde el perdón; y aunque el proceso todavía es abismal, el Darien de hace unos años —el que estaba en lo más bajo del pozo, el que odiaba y se odiaba, el que lloraba y se aislaba, el que siempre se preguntaba “¿por qué?”— se sorprendería de lo que es ahora.
Ma, donde quiera que estés, espero que estés orgullosa del hombre en el que me he convertido… aunque no sé por qué digo esto si tú siempre lo estuviste. Todo lo que soy y seré, todo lo que hago y haré, es y será siempre por ti y para ti.
Gratitud absoluta a todas las personas que estuvieron durante este increíble año, nose que sería de mí sin ustedes. Amor, salud y bendiciones para todos. Que este 26 se queden con todo, y que nada ni nadie pueda arrebatárselos.🤍