Hay espacios en donde todo funciona a un ritmo más lento y a la vez pasan muchas más cosas en menos tiempo. Las relaciones entre las personas fluyen sin las trabas de una ciudad aturdida por el ruido, como si en el aire no hubiera nada que se interponga en el ritmo natural de las cosas.
Por momentos parece que las calles por las que caminas escucharan todo lo que le contas a tu amiga en un bar y te contestaran casi instantáneamente poniéndote en frente la respuesta de eso que entre dos no estaban pudiendo descifrar.
Es como si la tierra entendiera que ahí es donde nace la vida y donde mueren los dolores, en el juego de dos changuitas en la plaza o en la transmisión de algún saber de una viejita a una turista que no entiende muy bien el idioma pero puede leer lo que le dicen los dedos mientras tejen. Es como si el aire te empujara junto con esa gente que ves una o dos veces al año y que no te das cuenta que la necesitas cerca hasta que la tenes ahí dándote un abrazo. Es como si el fuego te mostrara, en una ronda con toda esa gente cantando alrededor, de qué estás hecha, mientras los ojos te lagrimean pero por la boca se te escapa una sonrisa inconsciente. Es como si el agua de la ducha saliera tan fría porque no puede haber más calidez en el mundo que en el encuentro con otros.
Es como si cada fibra de lana fuera uno de nosotros que se funde con las otras y ese fieltro final somos todos hechos uno.
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