En esta foto mi tío Mariano estaba en Sidi Ifni, África. Su promoción fue la última en hacer allí el Servicio Militar y a menudo dice “la perdimos por culpa nuestra”. Él enviaba las comunicaciones por telégrafo, de madrugada y al atardecer. El resto del día se sentaba en lo alto del cerro, jugaba dominó y comía salchichas, cagaba en una zanja y miraba al mar preguntándose en qué dirección estaba su casa.
En agosto una plaga de langostas pasó por el campamento. Era de noche. Escucharon el zumbido acercarse. La banda de músicos del campamento fue el primer equipo en moverse. Cogieron los instrumentos y salieron corriendo hasta el huerto. Cuando las langostas llegaron ellos estaban tocando marchas militares entre las patatas, los tomates y las cebollas para que no se comieran la menestra y evitaran el huerto. A medianoche no podían con más marchas y empezaron a tocar pasodobles y boleros. El resto del campamento montó jarana en la cantina para no desperdiciar la música.
Por la mañana la plaga se había ido hacia el mar. La banda salió del huerto y fue el único trozo de tierra que las langostas no se comieron.
Disfruté. Especialmente después de comer cuando las moscas se colaban en casa y acechaban a mi padre hasta despertarlo. Tenía que decidir entre atenderle a él o al documental de La 2. Entre la pericia del águila cazando una cabra o la del hombre somnoliento dando revistazos contra una mosca. Casi siempre elegía al hombre y la mosca, que me parecía menos preciso y más equilibrado. El último día hubo que desplazar la tostadora para tapar una pared de la cocina donde se imprimió media cabecera de la revista Caza y Pesca. No me sorprendió nada que la tostadora fuera de mayor provecho como ornamento que como tostadora. Qué impredecible es una tostadora ajena.