“La cordillera es un cuerpo tendido y nosotros un niño huérfano” (2025)
Olla de aluminio, agua, anafes eléctricos, hierro, vasija de aluminio, y botellas revestidas con arena.
Durante mi infancia en el vidrio del auto familiar teníamos un sticker del santuario de la Difunta Correa, esa santa pagana del siglo XIX que murió deshidratada en el desierto sanjuanino durante las guerras civiles, logrando que su bebé de meses sobreviviera mamando de su cuerpo ya muerto. Al santuario todavía no lo conocía, pero había una singularidad potente que recaía en su cuerpo mortuoriamente horizontal, la frontera carnal de su pecho expuesto y el niño haciéndose parásito.
Desde que vivo en Buenos Aires pienso más en la Difunta Correa que cuando vivía en Mendoza. No sólo porque su figura condensa mi fascinación persistente por las imágenes que narran la aparente anomalía de cuerpos híbridos vivos-muertos, sino porque en su leyenda algo se cifra sobre el ecosistema cuyano: de dónde viene el agua que nos mantiene vivos. En la pampa húmeda, el agua es como el cielo, está ahí y parece que siempre estará. No es casual que, desde la atalaya del relato nacional, el desierto sea concebido como un espacio vacío, un territorio apátrida que clama una historia y una pertenencia. En ese marco histórico, la Difunta podría interpretarse como una vaca lanzada con sus ubres a amamantar el desierto, poblarlo y fundar la patria húmeda. Pero para los pueblos cuyanos, el desierto no es la nada, es más bien el sustento firme que pisamos para no vivir en el clima hostil de la montaña. El agua tampoco cae del cielo ni está siempre corriendo; sino que desciende momentáneamente de las alturas, alimenta los ríos, riega las raíces y sacia la sed. Es parte de la escolarización temprana conocer que nuestra supervivencia depende de las nevadas invernales. Cuando llega el calor y se produce el deshielo, los cauces crecen, se acumulan en embalses y riegan las plantaciones durante todo el año. El ciclo del agua es el verdadero calendario de nuestro desierto: una tierra que debe morir en invierno para que luego en verano derrame alimento a los vivos, a través de sus pechos montañosos.
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