Hay padres que son buenos padres.
Hay padres que aprenden, que perdonan y que piden perdón. Hay padres muy cansados y que aún así tienen fuerzas para no dejarse llevar por el vaivén de la sinrazón. Hay padres que no pegan, que no abusan y que no maltratan habiendo aprendido todo lo contrario. Hay padres que intentan dialogar aunque no entiendan tu propio idioma. Hay padres que no pretenden ser tus amigos, quieren ser siempre tus padres. Que te enseñan a poner límites, que no te obligan a ser lo que no eres, que te acompañan. Los hay que no compiten por una medalla, los hay que construyen con los demás algo bonito aunque eso signifique no destacar por encima de todo.
Hay padres que cuidan, que escuchan, que se comunican y que reparan. Hay padres que lo dejan todo en busca de un futuro mejor para sus hijos. Hay padres que a veces se sienten muy perdidos pero saben darse cuentan de lo que ganan.
Ser un buen padre no dista mucho de ser una buena madre. Por eso también necesitamos referentes comunes y necesitamos saber que existen otro tipo de padres. Que nuestra forma de actuar no es algo genético asociado al género y que nunca es tarde para cambiar. Y no creo que ningún padre tenga la intención de ser un mal padre pero aún así hay padres terribles. También hay hombres que son buenos padres y en ellos tenemos que fijarnos. Porque nuestros padres nos muestran cómo relacionarnos, cómo ser y cómo amar.
Una vez mi padre tuvo que irse lejos, buscando un lugar mejor donde encontrarnos. Esperando que sus hijos, con el tiempo, pudiesen ser libres de elegir donde quedarse. Siempre nos hemos querido. Varias veces hemos discutido y alguna vez hemos llorado. También nos hemos cuidado. Y aunque a veces no hablemos mucho sé que nunca ha dejado de preocuparse por mí. Y aunque alguna vez he estado lejos, también estamos más cerca porque ahora elijo estar aquí.
Un buen padre es aquel que te hace sentir que puedes estar tranquilo. Que puedes volver a la hora que sea, sin palabras y con el corazón roto. Que siempre tendrás un abrazo esperándote.
Y eso es algo que siento que puedo celebrar.
. . .
Imagen • Más que rivales (Serie / Jacob Tierney, 2025)
HT • #díadelpadre
Me cuesta encontrar tiempo para mí.
Ya no solo tiempo para estar solo, que también, si no tiempo en el que haga cosas solo por y para mí.
Y cada vez me es más difícil teniendo siempre a mano este scroll eterno de información y barullo que nos vampiriza, en el que cada minuto extra que pasamos con el móvil solo echamos más licor a un bizcocho ya borracho.
Es muy jodido estar solo cuando no lo deseas pero también es importante sacar tiempo para saber quién eres estando solo. Para apagarlo todo, tomar distancia o no hacer nada. Nada, de verdad. Recuerdo del siglo pasado esas horas muertas al sol, sin tecnología, ni redes, ni inteligencia artificial. Y con amigos presentes. Todo cambia y hay que adaptarse pero creo que fue un tiempo realmente bonito. Y eso que me gusta hacer cosas útiles y me gustan algunas cosas que voy haciendo.
Cuando era adolescente mi hermano mayor tuvo que hacer un trabajo para clase preguntando a gente qué ideal de lugar tenían para sentirse relajados. Yo pensé en la ducha porque me encanta el agua y mientras me ducho canto, pienso en mí o solo siento el agua. Me doy cuenta que también es por la intimidad. Por la sensación de reconocerte en un cuerpo. Lo que también me conecta con el placer que siento al bañarme desnudo en el mar. Ese vientre absoluto en el que si te sumerges desapareces. Es un espacio y un tiempo de sensaciones genuinas, en el que solo yo sé qué me está pasando. Tal vez esa emoción tan íntima es lo que más me hace estar conectado con el resto de la vida en el mundo.
Intento pasar un rato tumbado antes de ir a trabajar. Volver a sentir la sensación de que al menos, por unos instantes, no dependeré de nada ni de nadie. De que lo tengo todo. Así pienso en las cosas que no sirven para nada pero me hacen feliz. Tal vez escribir. Y así, simplemente, disfruto del placer de existir.
. . .
Imagen • Estrany riu (Jaume Claret Muxart, 2025)
HT • #reflexiones #agua #vivir
Hoy vi a una anciana caer.
Me crucé con ella delante de un quiosco de periódicos. Iba despacio, agarrada a un carro de la compra y parecía cansada. Al pasar a mi lado tropezó con una baldosa rota y se desplomó. Como si hubiesen talado un abeto centenario, cayó con tristeza y contundencia pero con un tempo algo ridículo. La miré y corrí hacia ella. Cuatro personas ayudamos a levantarla y ella, avergonzada y agradecida, nos aseguraba que se encontraba en perfecto estado. Aún así se fue algo desorientada y con una prisa incómoda. Y yo, me quedé pensando unos segundos, entre una riada de gente que no cesaba. ¿Aquella anciana sería amable? ¿Agradable? ¿Cariñosa? ¿Sería simplemente buena? Igual era una arpía. Igual encerraba a su hija en un cuarto oscuro cuando consideraba que se portaba mal. Quién sabe si odia a los inmigrantes. Tirada en el suelo, desvalida y frágil, todo esto nos dio lo mismo. Un puñado de gente reconocimos el desamparo, la vejez, nuestra impotencia, debajo de un carro de cuadros escoceses y empuñadura partida. Igual esa anciana abrazaba a su nieta y a su novia al llegar a casa o igual iba a ver como torturan toros el próximo fin de semana.
Es increíble como a veces nuestro reflejo instintivo de ayudar es más altruista que nosotros mismos. ¿Habría ayudado a esta anciana si hubiese sabido con certeza que es malvada? Seguramente sí. “Por la pena entra la peste”, pensé. Pero sin compasión no habría posibilidad de cambio. Y prefiero imaginarme un futuro en el que quepa la esperanza. Sin esperanza gana el mal.
Me acordé que tenía que comprar leche de avena. Seguí caminando y desaparecí.
. . .
Imagen • La semilla del diablo (Roman Polanski, 1968)