Alejandro Dumont

@aledumont

Je mets de la mayonnaise sur la hallaca 🇻🇪🇧🇪
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Futuras memorias de Rebecca y Roberta.
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8 months ago
Manuel y Los Morochos viven en la casa blanca a mano izquierda. Me animaron a jugar béisbol. El terreno es el cruce de dos calles; no hay tránsito, solo una moto pasó a dejar el pan. Las bases son un cúmulo de paja y tierra; los bates, secciones de bambú; y la pelota, una ingeniosa bobina de piedras envuelta en teipe negro -las de goma no sirven, se dañan muy rápido-, me aclaró Manuel. Tuve mi turno al bate: logré anotar. El clima es fresco y húmedo, pero la acción hace que todos sudemos aunque el cuerpo nunca llegue a sentir calor. Después del juego —hubo un ganador, pero yo, distraído con la luz, perdí la cuenta— me animaron a darme un chapuzón en el pozo del cruce del puente. -Aquí antes había una baba, pero un día alguien se la llevó-, me dijo uno de los morochos, mirando el pozo como si todavía pudiera encontrarla. Luego de bañarnos, insistieron en jugar básquet. Yo no me quería ir, pero solo quedaba esa luz que deja el sol cuando ya no está. Les prometí volver. Hablamos de hacer una excursión a una cascada en la montaña y yo me ofrecí a llevar los sándwiches y el refresco. Hasta ahora, no he vuelto.
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5 months ago
Conocí a Nancy al final de la tarde, justo cuando la luz parecía inventada. Me invitó a quedarme mientras acomodaban la red que al día siguiente recogerían para repartir lo pescado y vender el excedente. Todos participan y ella dirige; cada niño y no tan niño encuentra su lugar a su lado. Su energía es maternal, hecha de autoridad y amor. Nancy perdió a sus cuatro hijos, asesinados por las OLP. Esta es su forma de honrar su memoria: cuidando, guiando, sosteniendo. La dignidad aquí es un calor humano que desarma; un lugar donde el dolor existe, pero el amor conmueve. Antes de irme, me invitó a volver al amanecer. Me prometió dos cojinuas fritas con casabe, limón y café. Desayuno para el corazón.
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5 months ago
Oníricos recuerdos del páramo junto a mi papá.
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3 days ago
CIUDADES MARINAS - EUGENIO MONTEJO Ciudades marinas, flotantes, entrevistas, a merced del hastío que dobla el horizonte. Ciudades que respiran como una durmiente, mueven una mano, levantan montañas azules, siguen durmiendo. No tienen puertas, no tienen calles ni palmeras, lejanos taxis cruzan con ojos de peces, oscuros náufragos remontan sus riberas. Ciudades que serpean al curso de la sangre, no tienen piedras, no tienen ventanas, no hablan, despejan sus esclusas al paso del navío, inhalamos sus nubes, sus vastos esfuminos, iguardan tantas sirenas! Siempre surgen desnudas al tumulto del mar flotando, tejiendo tatuajes ignotos sobre la piel de los marinos solitarios.
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27 days ago
Analog childhood / niñez analógica 🍃
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1 month ago
José Ramón lleva bijao para alimentar a sus marranos -para julio están para darles palo-, refiriéndose al acto de sacrificarlos para su consumo.
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2 months ago
Aquí las palabras nacen cortas, casi en silencio, como si el oxígeno no alcanzara para alzarlas; la altura invita a susurrar. Abado me observa —gentil, curioso, perdido, en silencio-mientras asiente a los comentarios de Alirio, el mayor de sus hijos, quien me cuenta la historia de su familia.—Todos somos Castillo —dice con orgullo-, son varias generaciones trabajando la tierra en esta parte de La Culata, por encima de los 3.500 metros. La cercanía al sol engaña al ojo: los contrastes se intensifican y la percepción se desborda; nada es exactamente del color que parece. Mientras escucho, Abado me mira en silencio con una atención que descoloca. Le hago un retrato, como una forma de romper la tensión que me provocaba su mirada. Él no se inmuta, su expresión permanece intacta. Me atrapa. —Ahí viene el frío —murmura Alirio con una mueca de resignación al ver la sombra avanzar sobre el campo hacia nosotros. Todos volteamos y confirmamos. Todos menos Abado, él sigue mirándome. —¿A cuánto puede bajar la temperatura? —pregunto temeroso por mi falta de abrigo, —si deja un jugo afuera, puede hacer helado -responde jocosamente Alexis, el menor de los varones, mientras se frota las manos como espantando el frío que está por llegar. Me quedan apenas unos minutos antes de retomar la marcha. Nos despedimos con cordialidad y miradas amables. Casi sin pensarlo, dejo a Abado de último, aun siendo él quien más cerca estaba de mi. Cuando me acerco, cambia el rostro, se yergue, me extiende la mano y exclama en un tono claro: —Aquí estamos siempre a la orden.- Lo dice seguro, con emoción, pero lo siento como si fuera un gesto aprendido, casi un reflejo. Alexis nota mi sorpresa, - o quizá mi susto- se acerca y me dice: - mi papá ya no nos recuerda -
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3 months ago
Aquí las palabras nacen cortas, casi en silencio, como si el oxígeno no alcanzara para alzarlas; la altura invita a susurrar. Abado me observa —gentil, curioso, ¿perdido?, en silencio— mientras asiente a los comentarios de Alirio, el mayor de sus hijos, quien me cuenta la historia de su familia.—Todos somos Castillo —dice con orgullo—, son varias generaciones trabajando la tierra en esta parte de La Culata, por encima de los 3.500 metros. La cercanía al sol engaña al ojo: los contrastes se intensifican y la percepción se desborda; nada es exactamente del color que parece. Mientras escucho, Abado me mira en silencio con una atención que descoloca. Le hago un retrato, como una forma de romper la tensión que me provocaba su mirada. Él no se inmuta, su expresión permanece intacta. Me atrapa. —Ahí viene el frío —murmura Alirio con una mueca de resignación al ver la sombra avanzar sobre el campo hacia nosotros. Todos volteamos y confirmamos. Todos menos Abado, él sigue mirándome. —¿A cuánto puede bajar la temperatura? —pregunto temeroso por mi falta de abrigo, —si deja un jugo afuera, puede hacer helado —responde jocosamente Alexis, el menor de los varones, mientras se frota las manos como espantando el frío que está por llegar. Me quedan apenas unos minutos antes de retomar la marcha. Nos despedimos con cordialidad y miradas amables. Casi sin pensarlo, dejo a Abado de último, aun siendo él quien más cerca estaba de mi, ¿nervios?. Cuando me acerco, cambia el rostro, se yergue, me extiende la mano y exclama en un tono claro: —Aquí estamos siempre a la orden.- Lo dice seguro, con emoción, pero lo siento como si fuera un gesto aprendido, casi un reflejo. Alexis nota mi sorpresa, - o quizá mi susto- se acerca y me dice: - mi papá ya no nos recuerda -
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3 months ago
Manuel y Los Morochos viven en la casa blanca a mano izquierda. Me animaron a jugar béisbol. El terreno es el cruce de dos calles; no hay tránsito, solo una moto pasó a dejar el pan. Las bases son un cúmulo de paja y tierra; los bates, secciones de bambú; y la pelota, una ingeniosa bobina de piedras envuelta en teipe negro -las de goma no sirven, se dañan muy rápido-, me aclaró Manuel. Tuve mi turno al bate: logré anotar. El clima es fresco y húmedo, pero la acción hace que todos sudemos aunque el cuerpo nunca llegue a sentir calor. Después del juego —hubo un ganador, pero yo, distraído con la luz, perdí la cuenta- me animaron a darme un chapuzón en el pozo del cruce del puente. -Aquí antes había una baba, pero un día alguien se la llevó-, me dijo uno de los morochos, mirando el pozo como si todavía pudiera encontrarla. Luego de bañarnos, insistieron en jugar básquet. Yo no me quería ir, pero solo quedaba esa luz que deja el sol cuando ya no está. Les prometí volver. Hablamos de hacer una excursión a una cascada en la montaña y yo me ofrecí a llevar los sándwiches y el refresco. Hasta ahora, no he vuelto. #pvmondayplayfulness
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5 months ago
Bronceado del Lungomare Dante.
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6 months ago
Due compagni sardi pescano al tramonto. Dos amigos sardos pescan en el atardecer. Two Sardinian friends fishing at sunset.
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7 months ago