A veces habrá que reír sin ganas
doler sin un motivo
creer sin un por qué.
Abismarse,
huirse de uno mismo
caerse y no volver.
Fingir para el espejo,
inventar el verbo
cuando no haya acción,
y adentrarse en lo gris
para arrancarle algún color.
A veces habrá que derrotarse,
correr sin ganas
morir sin detenerse,
seguir sin un por qué.
Y al final del día,
ahuecarse:
abrazar el vacío en esa parte
que temprano y tarde
se llenará de nuevo.
"A veces bastaba charlar un rato con ella para sentir que se reducían los territorios de lo caótico, lo vago y lo incierto. Su manera de hablar y sus gestos traslucían una firme serenidad, lo cual me hacía confiar en que todos nuestros actos tienen una finalidad, en que todos nuestros esfuerzos tienen algún sentido aunque terminen en fracaso".
Han Kang.
No nos da lo mismo.
No se elige cualquier hogar.
No se elige cualquier árbol.
Tiene que ser ese.
Como un lugar que son todos los lugares.
Me levanto temprano
y miro por la ventana para ver
si ya se incendió el mundo.
Porque no me da lo mismo.
no es cualquier sensación,
no elegimos cualquier melodía.
Es una canción que son todas las canciones.
Por eso no me duele lo mismo.
Tiene que ser esa mirada
que son todas las miradas,
en ese segundo,
justo en ese momento.
Porque de lo contrario me daría lo mismo.
Si se elige cualquier canción
o se elige cualquier árbol,
entonces ya no sería igual
ese lugar
que son todos los lugares.
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¿Qué apuro tengo?
Como si sentir fuese una demora.
Como si tuviese algo mejor que hacer
que aprender de nuevo
a ver luz entre las sombras.
Reconocer el gusto
de apreciar la distancia.
Y qué apuro tengo,
si en la fiebre del tiempo
mi obsesión se vuelve rígida.
Dejame convivir con los restos,
me pido.
Se nos muere el rumbo
en un mundo limitado a la apariencia.
Si miro hacia adentro
no me encuentro,
y si miro hacia afuera
solo queda una verdad inventada.
¿Qué apuro tengo?
Como si vivir fuese una demora.
Me convierto en un nada,
enfermo en el alma,
en caída libre a mis infiernos.
El ruido lo tolero,
pero al parecer
no es contra mi ley
que pierdo la consciencia.
Existir es encontrarse
si, pero ¿cómo?
Tranquilo,
de a poco
vaciando la noche
esperando un viento que me arranque la piel.
Existir para arriesgarse, si, pero ¿cómo?
Muriendo un poco,
encontrando el sueño que te arranque la piel.
Debo tener cuidado
de no convertirme en otro,
un ruido en el alma,
un asiduo enamorado del invierno.
La vida la tolero,
pero al parecer
no es contra mi ley
insistir en la consciencia.
Es tiempo de esperar,
no te pierdas hoy
por el miedo a perderte mañana.
Debo ir lento
en un mundo frenético
como un acto revolucionario.
Ya llegará el día en que seamos libres
y no hablaremos tanto de eso.
Mientras tanto,
me convierto en mi propia nada,
un ruido en el alma,
en caída libre a mis infiernos.
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Cuando la lucha se vuelve interna, nos enfrentamos a un problema mayor. El problema de una doble guerra. Quien me ataca es la misma persona que me defiende. Debo corresponder a dos bandos. Plantar dos banderas. Hacerme cargo de dos necesidades inmediatas. Atacar y ser atacado. Defenderme de mi.
Esa lucha no suele ser contra algo que no existe. Por el contrario, la lucha se da contra una realidad que nos agobia. Un presente que nos dice que aquello que imaginamos no fue y ya no lo será. La cuestión radica en que el dolor no es un problema lógico a resolver. El dolor no es más que una experiencia a transitar, una marea que ha de cruzarse para llegar a la orilla.
A veces, el sentimiento de que nos entregamos ante la perdida nos duele como una derrota. Pero es esa lucha interna la que nos agota. A mi yo que ataca y a mi yo que defiende les recuerdo: en ese punto comienzan a pesarnos las manos y a cansarnos el olvido. No es una batalla posible porque por ley, una guerra debe ser ganada por alguien. No hay una guerra que no haya concluido. Y aquí, por primera vez, sin importar quien pierda, también ganamos los dos.
Tal vez sea entre los escombros y los cuerpos y la ciudad derruida que debamos avanzar y observar hasta comprender que, rendirse ante la realidad (que no es lo mismo que resignarse) nos devuelve una parte de ese cuerpo que se desangra, un poco de esa energía que nos fue drenada.
Quizás no se trata de dar pelea ahora, de buscar una batalla en mis adentros.
Solo queda una forma de perdonarse: reconocer ante quién te estás rindiendo.
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Y si nos encontramos en pleno vuelo,
no me pidas que no me vaya
pensando en volver.
Y si no nos encuentra el sueño,
al menos despertar
sintiendo que un río
me toca los pies.
No es que no quiera pensar más,
es que se me está apagando el cuerpo.
Se aburre el tiempo
de esperarme
y me aburro yo
de buscar una fé
que parezca una salida.
Se me atora lo viejo,
ando gastado,
febril,
inerte.
Ando para no sentirme
y escribo para no convertirme en tristeza.
Vivo duelando una costumbre;
respiro hondo y se va.
Creo que me acostumbré
a abrir los ojos
siempre un segundo antes del derrumbe.
Me cansa esta falta conmigo,
pero ahí viene un viento y se va,
entonces lo vuelvo a intentar
y esta vez abro los ojos con tiempo
para ver
que la naturaleza nunca se equivoca
cuando elige sus colores.