No, no, ninguna evidencia, nada se sabe. Y si me fuera a levantar en este mismo momento y asegurar que la marca en la pared es en verdad, ¿qué diría?, la cabeza de un clavo gigante, que alguien martilló hace doscientos años y que ahora, debido al paciente trabajo de generaciones de amas de casa, reveló su cabeza sobre la capa de pintura y está echando su primer vistazo de la vida moderna frente a una pared blanca en una habitación con el fuego encendido, ¿qué ganaría? ¿Conocimiento? ¿Qué son nuestros sabios sino los descendientes de brujas y ermitaños que se agachaban en las cuevas y preparaban brebajes de hierbas en el bosque, hablando con las musarañas y escribiendo el idioma de las estrellas? Y cuanto menos los honramos, a medida que disminuye la superstición y aumenta el respeto por la belleza y la salud mental… Sí, uno podría imaginarse un mundo realmente agradable; calmo, espacioso, con flores rojas y azules en los campos. Un mundo sin maestros ni especialistas ni amas de casa con el perfil de policías; un mundo que uno pudiera recortar con el pensamiento, como un pez recorta el agua con su aleta, rozando los tallos de los lirios, suspendidos sobre nidos de blancos huevos de mar… Qué bien se está aquí en el fondo, enclavado en el centro del universo y observando a través de las aguas grises, con repentinos destellos de luz y sus reflejos.
- virginia woolf
Dos meses en Ciudad de México
no son suficientes para dimensionar la magnitud del animal.
La hipérbole latinoamericana respira
como un pulmón antiguo bajo el concreto,
entre muerte y desapariciones.
Un monstruo mesoamericano que no duerme
y que alimenta a sus hijos
con smog y nopal.
Psicodelia con olor a tortilla de maíz en cada esquina.
Un pueblo que jamás olvida darle
los buenos días a los desconocidos
mientras la muerte circula en Uber
y se aloja en Airbnb.
Los gomeros añosos
rompen el cemento con sus raíces
como coatl que vuelve
desde los lagos que secaron
para recordarle a la ciudad
que antes de los edificios
hubo agua,
hubo serpientes,
hubo dioses
y sacrificios.
En el metro persisten
los rostros aindiados, cansados,
pensando en los varos que faltan para la renta
porque la gentrificación
tocó la puerta del barrio.
Y cuando baja el sol por el oeste
un mezcal quema la garganta
como una revelación breve.
Un pensamiento compartido entre amigos,
un momento de
complicidad para seguir
organizando
el desmadre.
Dos mujeres. Tal vez no haya dos, sino una sola voz que se multiplica en el delirio. Todo podría ser una gran alucinación errante, una mente frenética que se observa en el abismo. Leer a Pablo Ayenao es entregarse a un carrusel que remonta su belleza y su crueldad: una road movie se despliega en nuestra cabeza. El tránsito de Noemí y Ruth deviene en un espiral descendente hacia la tragedia, la naturaleza y sus bestias. Por eso, la repetición se vuelve un mantra, una esquirla de ruego y clemencia.
Lugar de cenizas, segunda entrega de la trilogía iniciada con Memoria de la carne ganadora del Premio Municipal de Literatura de Santiago 2016, expone la violencia que atraviesa el territorio mapuche a través de un relato íntimo y expansivo, cargado de simbolismos.
Cada ejemplar de Lugar de cenizas ha sido realizado de manera artesanal, con cuidado en cada detalle, desde la selección del papel hasta la encuadernación. Es un libro que no solo se lee, sino que se contempla y se siente, un objeto hecho a mano que acompaña y potencia la experiencia de su lectura.
Haremos el lanzamiento en mayo en Temuco, y ya pueden reservar sus ejemplares. De esta manera, no solo aseguran su copia, sino que también nos ayudan a financiar el tiraje de la primera edición de este proyecto autogestionado.
Edición, diseño y fotografías por Kati Antivilo @_antikat
Modelo de portada: Shakin Huaquil @querida.shakin