La erupción del Tambora en 1815 produjo muertes directas por incineración, cosechas destruídas, hambrunas y desplazamientos forzosos.
Hay quienes dicen que la explosión se escuchó a más de dos mil kilómetros de la isla Sumbawa (Indonesia), lugar en que el volcán perdió toda su cumbre a causa de la erupción.
Piedras volcánicas volaron por los aires, el cielo se oscureció por la ceniza y el clima del hemisferio norte cambió bruscamente. A 1816 se lo llamó "el año sin verano".
Cuenta Ignacio Piedrahíta en su libro 'El velo que cubre la piedra' que, durante ese verano lluvioso y frío, Lord Byron invitó a algunos amigos a una mansión en Ginebra. Hizo una propuesta para entretenerse a causa del mal clima: escribir relatos de fantasmas. Él y otros poetas se terminaron aburriendo del juego, pero hubo alguien que siguió insistiendo en encontrar una historia aterradora hasta que dio con una idea: así fue cómo Mary Shelley escribió Frankenstein.
Desde que supe los efectos que tuvo la explosión del Tambora sobre Shelley no dejo de pensar en el tema. Ella sola en un cuarto escribiendo. Ella dándole vueltas a la cabeza. Ella mirando por la ventana esa capa traslúcida, innombrable.
Se supone que Byron también escribió su poema Oscuridad por el influjo de los cielos europeos posteriores al rugido "Ultra Pliniano" del volcán, así como Turner pintó cuadros diferentes en esa época.
Hace poco leí un artículo que aseguraba que existe una relación directa entre la explosión del Tambora y la aparición del Romanticismo. No lo dudo. Nunca dudo del embrujo volcánico sobre los asuntos humanos, mucho menos si fue una erupción nivel 7 en el índice de registro, si ocurrió en un momento en el que las noticias tardaban tanto en llegar y si se trata de seguir soñando y soñando y soñando con la luminiscencia de las montañas.
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Gracias @agromena@atarrayaeditores
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La foto es de la muestra 'Manto. El velo que cubre la piedra', en la que Leyla Cárdenas invitó a 9 artistas a construir un tejido en el cruce entre temporalidad y ecología.
Antes de que se vendiera la casa tomé fotografías de la piscina, el olivo, el ficus de la entrada, las escaleras. Tenía miedo de olvidarme. Cerraba los ojos con fuerza para retener la memoria, sabiendo que un día se terminaría diluyendo cada detalle en una sucesión de escenas, un plano secuencia en repetición.
Una noche soñé que mi abuelo me miraba en silencio, sentado en un taburete junto al rastrillo con el que limpiaba las hojas del jardín.
Soñé y soñé con él, siempre callado, como si pudiera adivinar cierto dolor compartido. Ese año mamá y yo le llevamos flores al cementerio. Le pregunté: ¿Qué quieres decirme?
Empecé a escribir este libro como si pudiera hablar con mi abuelo y terminé diciendo eso que no había podido decir: extraño la casa más que cualquier otra cosa en el mundo. Extraño la casa con pena y gratitud.
Con la casa se fue una parte de nosotras y ahí estará siempre, en la tierra, con las hormigas, manchada por el jugo de los higos.
Gracias @edicionesenelmar por haber confiado en aquel conjunto de poemas y haberme acompañado hasta este momento en el que se han convertido en libro.
Gracias @geosmina_estudio por hacer esta portada que no podría ser más perfecta. Por ser la dibujante de mis sueños. La ilustradora de lo imposible.
Gracias @lasursur por compartir este proceso y darle unas palabras tan dulces e inteligentes.
El 1 de noviembre va a estar disponible. Muchos nervios y mucha ilusión.
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"Ya he dicho que mi actitud ante el misterio era la del abordaje. Nadie me dijo nunca que eso era un disparate ni que era un pecado grave, porque nadie sospechó jamás que tal cosa pasase por mi cabeza".
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Fragmento de 'Desde el amanecer', de Rosa Chacel.
Las formas que puede tomar una familia son diversas y misteriosas. Acá una de las mías: Juanita, Emmanuel y Marina. También Nina formándose en el interior de su madre. Madre, una nueva palabra para mi amiga. Un tiempo nuevo en nuestras vidas. Una dulzura nueva en cómo mi amiga me acaricia la cabeza mientras lloro en sus brazos.
Yuxtapongo esta constelación afectiva con un cuadro de Remedios Varo que se llama Mimetismo porque así me siento estos días, siendo parte del paisaje. Sentada en un sillón –una cama, en mi caso– sin distinción entre sujeto y objeto.
No es un estado estático, sino de pura observación, que es también mi manera de amar: lo que ocurre por fuera de mí es una fuente infinita de asombro y al fruto de esa fascinación le hago rituales de bienvenida.
Juanita: gracias por cuidar los sueños, el camino.
Emmanuel: tu serenidad mece mi corazón.
Nina: tus órganos flotan como sueños en la oscuridad.
Amiga: ¿cuántas cartas podría escribirte para multiplicar esta gratitud?
La tarde del viernes estaba en la cocina del rancho y, desde la ventana, vi a Tulia cerrando el portón de la entrada. Lo hizo con los mismos gestos que su abuela, a quien vi tantas veces cerrar así, con el movimiento suave del brazo.
Mi memoria funciona con un mecanismo distinto en el rancho. Percibo los cambios: ¿Y esos pinos chiquitos?, le pregunto a Tutú. Son los últimos que plantó mi abuela, me responde. Los campos de tuna y de milpa ya no están, pero me quedo parada en el camino y es como si viera a Rosa agachada con el machete, los perros husmeando en los surcos de la siembra.
Las capas del dolor se abren dentro de mí y camino, camino, camino en la sequía junto a los perros. Pãngo se queda cerca. Me mira con sus ojos de almendra y yo le sonrío, le acaricio el lomo, la cabeza, le digo que lo amo. Se hizo viejito y al despedirme lloro pegada a su cuerpo por si no volvemos a vernos.
Sé que tenía que regresar y también sé que tengo que irme ahora para que la isla me recoja como se recoge a una niña que se ha perdido en mitad de la gente.
Estoy escribiendo un texto breve sobre la poesía de Susana Villalba mientras estudio la geología de la isla.
No supero estos colores de la tierra como no supero estos versos:
“Como el mar el deseo
es movimiento
que comienza donde parece
acabar.”
(nos leemos en substack 💌)
En el dolor hago silencio. Lo hago en la acepción más artesanal del verbo: intento practicarlo, cultivarlo, darle forma, fracasar. Para hacer silencio, hago foco. Para hacer foco, rasgo la tela del tiempo. Entro en un mundo nuevo. Me concentro en los prefijos y sufijos que cambian el significado de una palabra trilítera. Me esfuerzo. ¡Consigo leer en otra lengua! Me duele menos el mundo. En árabe las palabras isla y península no tienen distinción. En catalán el viento occidental se dice como se dice por la raíz “grb” del árabe. En el silencio aprendo, es decir, reconozco cuánto ignoro y doy las gracias. El dolor es una forma de lucidez, a veces, aunque otras veces no me lo parezca. Inshallah pudiera escribir ahora, pero no puedo. El dolor es una forma de mudez. Agudizo el oído, repito palabras complejas. En árabe existen letras solares y lunares. Qué belleza, pienso. Sol o luna en función de cómo suenan en la boca. Silencio, silencio. Hago foco. El dolor tiene picos, una orografía indescifrable.
✍️ Autobiografía en construcción
Taller de escritura que propone abordar la autobiografía como un proceso creativo en constante desarrollo, más allá de un género cerrado.
A lo largo de cuatro sesiones, se trabajará con la memoria, la experiencia y la construcción narrativa para explorar distintas formas de escribir desde lo personal. Mediante ejercicios prácticos y acompañamiento colectivo, las y los participantes conocerán herramientas literarias, estructuras narrativas y procesos de edición que permitirán dar forma a textos autobiográficos.
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