En el espacio onírico cabe sentirlo todo a la vez.
El impulso y la resistencia. La necesidad de y no poder. El cuerpo en estado alterado y psicótico.
El rechazo biológico y social hacia un cuerpo que no es útil, que no reacciona y no llega a captar, que no funciona bien, que se atraganta, que esta enfermo o con capacidad limitada.
Es consciente de que no puede. Surge una aceleración y alteración al ver que la intención y la acción no se encuentran.
Se frustra, se impacienta y se rinde.
Y vuelta a empezar.
El viento susurra mi nombre,
pero su voz se ahoga entre el ruido de mi mente.
Anhelo el silencio, la calma,
la paz que nace cuando todo se detiene.
Soy mucho, me merezco más de lo que he permitido.
Me protejo.
Me he fallado, me perdono.
Me he dejado caer, yo me saco de aquí.
Tan frágil y fuerte ¿esto es posible?
¿Si duele tanto porque no me he roto?
Que todo pare.
Que todo calle.
Solo yo, conmigo.
Siento.
Mi alma grita. Empiezo a escucharme.