Al final de la carretera hay dos cosas, una puerta y un bosque. La carretera lleva a una propiedad privada —tan insignificante como pretenciosa—, pero el bosque, encerrado entre alambre de púas y puesto en venta, se abre ante mis ojos y su nariz como un lugar infinito. La veo adentrarse con cautela y sin miedo. No levanta la mirada, más bien la clava a ras de suelo y arrastra su hocico entre barro, hojas secas, semillas y rastros de serpientes. No me queda otra opción que seguirla. Mi paso es errático, lento y ruidoso mientras ella se desliza con elegancia milenaria. Lo que yo no veo, ella puede olerlo. Súbitamente algo ocurre, algo que parece tener una importancia urgente; ella se detiene como si recordara que alguna vez también fue piedra. Yo busco y me pongo alerta, trato de recorrer el bosque con mi precaria mirada, me trepo en una raíz que se rehúsa a ser enterrada, pongo toda mi atención auditiva en el entorno pero nada, no percibo nada. Ella sigue quieta, ella sabe que algo está ocurriendo. ¿Quién le habla? De la misma forma que se detuvo vuelve a ponerse en movimiento. Pienso, mientras me miro con vergüenza, que su quietud fue un gesto para dejar que todo el entorno entrara en su pelo y en su piel, en sus huesos. Pienso que esa quietud es el espacio de conversación serena entre ella y los antepasados que la habitan, es el susurro de sus instintos diciéndole que guarde el secreto para los que siguen después de ella.